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¡SORTEO! "La Caída de los Reinos" -3 ganadores-

Y.U.R.G.S. -P. 30-

Un día después de la reunión en el poblado Melora y de que todos los reinos fueran avisados sobre la inminente guerra, los soldados y caballeros comenzaron con los preparativos al alba. Las prisas, la inquietud y el estrés eran patentes en cada rostro. Su razón trataba de mentalizarse, nunca habían sido avisados con tan poco tiempo para preparar una guerra tan importante, sin embargo, aquello que les encogía el corazón era saber que iban a librar una batalla con sus hermanos. Los lazos entre todos los reinos habían estado unidos desde hacía quinientos años, siempre habían luchado juntos y habían permanecido unidos. Aunque parece ser que nada es eterno.

En Sonrengar, la cuna de la raza élfica, se había registrado movimiento horas antes del amanecer. Los herreros ponían a punto las armas de todo el ejército en sus talleres, con sus fuertes brazos, golpeaban los filos de las espadas con unos grandes mazos de hierro, provocando un estallido de chispas con cada golpe. Junto a los talleres, se habían instalado unas carpas dónde se inspeccionaban los cascos, corazas y el resto de componentes de una armadura por si hubiera algún desperfecto. Fuera de estos lugares, en los campos de entrenamientos, los soldados entrenaban los unos contra los otros mientras los capitanes les supervisaban. Entre ellos se encontraba Glaiss, el príncipe observaba los entrenamientos de su ejército y corregía alguno de los ejercicios que realizaban. Sus ojos observaban algunos de los rostros que allí peleaban, habían reclutado a los futuros soldados para aumentar la capacidad de su ejército, sin embargo, era contrario a esa decisión pues era exponer al futuro de Sonrengar a un peligro tan enorme como suponía aquella guerra. Su mano agarraba con firmeza la empuñadura de su espada mientras caminaba, con el semblante serio, hacia el campo de tiro. Allí, los arqueros pulían su puntería con distintos objetivos, tanto estáticos como en movimiento. Los elfos poseían una vista privilegiada y un pulso firme, por lo que era de esperar que se hubiera especializado en el tiro con arco.
-Señor. –La voz de un joven elfo le hizo salir de su ensimismamiento. El heredero giró el rostro hacia el muchacho y se le quedó mirando. Éste se irguió.- Los arqueros maestros –aquellos más experimentados y expertos que dirigen los distintos escuadrones.- han sido enviados a Husmacia y Guniver como mandó, llegarán pronto.
-Muy bien. –Dijo el príncipe. Alzó una mano y se echó el cabello hacia atrás. Sus ojos se volvieron a los tiradores.
-Hemos recibido un mensaje diciendo que los comandantes guniverianos están de camino. –Glaiss se mantuvo en silencio.- ¿De verdad son necesarios?
-Los comandantes del príncipe Asch son expertos espadachines, el propio príncipe los ha instruido  y él ha luchado contra el príncipe Drank, me parece que la respuesta es obvia. Además –se giró y observó a los jóvenes elfos siendo instruidos.-, necesitamos a los mejores para enseñarles lo mejor y antes posible. –El joven apartó los ojos e hizo una pequeña reverencia.
-Perdone señor, no quería entrometerme. –Glaiss hizo un ademán con la mano para restarle importancia.- Los herreros están poniendo a punto el armamento de manera rápida y efectiva. Mañana estará listo.
-¿Y los caballos?
-Están siendo alimentados y preparados ahora mismo, señor, todos están trabajando lo más rápido posible.
Asintió complacido e hizo un gesto para que se retirara, el soldado le mostró sus respetos y le dejó solo. Contempló durante unos minutos a sus nuevos soldados antes de pasarse la mano por el rostro y masajearse el puente de la nariz. Estaba exhausto. Habían sido demasiados disgustos en tan poco tiempo. ¿Por qué todo se había vuelto tan complicado? ¿Dónde quedaron los días en los que en los reinos reinaba la armonía y la paz? ¿Acaso estaban condenados a sufrir continuas desgracias?
-Mi señor. –Interrumpió uno de los guardias del castillo, armado con una pica. El heredero apartó la mano y alzó la vista hacia el subordinado, el cual evitó mirar directamente a los cansados ojos del príncipe.- Los generales del ejército le esperan en los Archivos para preparar la estratagema, están impacientes.
Glaiss asintió con la cabeza y susurró “gracias” antes de marcharse con la vista fija en el suelo. Cruzó el campo de entrenamiento y entró al interior del castillo, recorrió los largos pasillos, subió por las grandes escaleras de piedra durante dos pisos y se dirigió directamente a unas grandes puertas dobles de madera de pino. Respiró hondo antes de abrir la puerta y pasó al interior. La sala era rectangular y muy larga, a ambos lados se abrían grandes ventanales que dejaban pasar la luz y entre ellos se exponían las antiguas armaduras que habían llevado los elfos durante generaciones. En las paredes del pie y del fondo de la sala se alzaban grandes estanterías, rebosantes de libros, que tenían dos alturas conectadas con una escalera de caracol de metal y dos pasillos estrechos que rodeaban la sala sobre las ventanas de las paredes laterales. Del techo colgaban los estandartes del reino. Había cuatro mesas en las esquinas de la sala, cuadradas y de un tamaño medio, de la misma madera que la puerta, sobre las que había algunos mapas antiguos hechos a mano y grandes volúmenes. Una quinta mesa, rectangular, larga, de madera más oscura y rodeada de sillas, las cuales ahora habían sido retiradas, en el centro. Alrededor de ésta estaban posicionados los cinco generales del ejército, dos de ellos pertenecían a los arqueros maestros. Todos observaban un mapa reciente de los reinos cuando oyeron entrar al príncipe y levantaron la cabeza. El chico se acercó y éstos se abrieron para dejarle un hueco en el centro de la formación.
-Ponerme al día. –Dijo, bajando la cabeza para observar las líneas del mapa.
-Hemos debatido sobre las posibles estratagemas. –Comenzó a decir uno, un hombre de cabello oscuro, fornido, con el rostro duro, pero de movimientos elegantes, propios de la raza.- Contamos con el factor numérico a nuestro favor. Si juntamos los ejércitos de los tres reinos, seremos muy superiores…
-¿Alguno de vosotros ha peleado contra un nefilim? –Interrumpió el príncipe, alzando la cabeza para mirar, con el ceño fruncido, a todos los presentes.- ¿Alguno ha comprobado la extraordinaria fuerza que poseen?
-Pero, señor…
-Han sido bendecidos con las fuerzas del cielo, por lo que no podemos confiar en que la superioridad numérica nos dé la victoria.
-¿Tan fuertes son? –Preguntó con curiosidad uno de los arqueros maestros, era joven, un par de años más mayor que el príncipe. Él asintió.
-Nunca he conocido a nadie tan fuerte.
-¿Ni siquiera el príncipe Asch? –Glaiss escrutó el rostro del arquero durante unos segundos. Asch era el hombre más fuerte que conocía, pero no era comparable con la de un nacido del cielo, sin embargo, sabía que le haría frente si fuera necesario, sobre todo si Shenia se hallaba en peligro. Pero el príncipe no se encontraba en su mejor momento, no después de todo lo que había pasado. Decidió, entonces, ignorar la pregunta.
La sala se quedó en silencio. Todos los presentes eran conscientes del estrés que había estado sufriendo el príncipe y que aquella pregunta no era muy apropiada. Glaiss soltó un suspiro y volvió la mirada hacia los mapas cuando las grandes puertas se abrieron de nuevo. Levantaron las cabezas y el príncipe murmuró sorprendido. El rey de Sonrengar entró en la sala, caminando tranquilamente hacia la mesa dónde estaban los generales del ejército y observó el mapa que estaba extendido sobre ésta.
-Es cierto que poseer un mayor número de efectivos es un punto a nuestro favor, pero debemos ser cuidadosos. Tenemos que ganar esta guerra con el menor número de bajas posibles y para ello debemos sacar partido de aquello en lo que destacamos. –Se miraron los unos a los otros sin saber a lo que el rey se refería. Estiró la mano y apuntó al camino real que llevaba a la Plaza central de la Alianza, dónde se alzaba el exvoto a los vencedores.- Es de esperar que el ejército guniveriano atacará de frente. Al príncipe Asch le gusta la fuerza bruta y demostrar que no necesita una estrategia para ganar, por ello, se convertirán en la vanguardia. Su amplio ejército cubrirá el terreno para impedir el avance nefilim hacia el reino de Husmacia. También poseerán los efectivos husmacianos dirigidos por la princesa. Tras ellos, se establecerán nuestras fuerzas arqueras para hacer caer a todos los soldados enemigos antes de que se rompan las filas. –Glaiss alzó los ojos para observar a su padre. Hacía demasiado tiempo que no le veía de aquella forma, siempre había sido demasiado arrogante para inmiscuirse en los problemas ajenos a su reino, sin embargo, ahora, estableciendo la estratagema para combatir con sus vecinos, le embargó al heredero un sentimiento de orgullo. Esbozó una sonrisa y continuó escuchando su explicación.- Nuestros soldados y caballeros constituirán el factor sorpresa. –El rey alzó los ojos y sonrió, mientras les señalaba a todos.- Nuestra raza se caracteriza por ser ágil y rápida, por lo que habrá que sacar partido a nuestras habilidades. –Bajó las manos y señaló las extensiones boscosas que rodeaban la Plaza.- El grueso de nuestro ejército se mantendrá oculto en los árboles, preparados para asaltarlos. Así, no sólo estarán en inferioridad numérica, sino que también estarán rodeados.
Los generales alabaron la grandiosa estratagema que había establecido el rey y se marcharon para comunicar el plan al resto de los reinos. Regis se volvió hacia su hijo, quién estaba apoyado en la mesa, con una sonrisa y cruzado de brazos.
-Da gusto ver que el rey vuelve a dirigir a su ejército. –Regis soltó una risa.
-Me has hecho comprender que somos seres sociales y que si no tenemos quién nos vele, la oscuridad puede engullirnos. –Se acercó y le apoyó la mano en el hombro.- Como se suele decir, la unión hace la fuerza.
-¡Vamos! Con cada ataque debéis dar lo mejor de vosotros mismos. Una espada no es un arma, es una extensión de vuestro propio brazo. ¡Hacerla vuestra y seréis imparables! –El príncipe Asch animaba a sus soldados a gritos, los cuales se lanzaban contra él con toda la fuerza que poseían. Los entrenamientos en Guniver siempre habían sido así de intensos, por lo que los soldados ya estaban acostumbrados a las exigencias de su príncipe.
-¡Mi señor! –Gritó un mensajero que llegaba corriendo hacia él. Asch se encontraba en el campo de entrenamiento, realizando los mismos ejercicios que sus soldados.
-Seguid vosotros. –Dijo, retirándose. Se pasó la manga por la frente para secarse el sudor y se reunió con el hombre. Recogió un pergamino que traía y lo desenrolló para leerlo. En sus ojos apareció un brillo especial a la vez que esbozaba una sonrisa.- Vaya, vaya, vanguardia ¿eh? Perfecto. –Dijo complacido, estrujando el papel con la mano izquierda.
-También han llegado los arqueros maestros, esperan sus indicaciones para proceder con la instrucción. –Asintió y el príncipe comenzó a andar hacia las cuadras, rápidamente. Los sirvientes, al verle llegar, empezaron a preparar a su caballo para que estuviera listo.
-Envíales al campo de tiro, mis arqueros les esperan allí.
-¡Muy bien, señor! –Dijo siguiéndole.
-¿Qué hay de mis comandantes?
-Ya han llegado a Husmacia y pronto lo harán a Sonrengar. –El mensajero corrió para alcanzarle. Comenzó a gritar alarmado.- ¿Señor? ¿A dónde va? Hay asuntos que tratar en el reino, no puede irse ahora.
-¡Tranquilo! Confía en mí. ¡Sé lo que hago! –Exclamó, subiendo a su montura y saliendo rápidamente de la plaza y del reino, perdiéndose en la frondosidad del bosque. El hombre se quedó parado, observando cómo el príncipe se había ido tan rápido sin dar ninguna explicación. Soltó una pequeña maldición y regresó para cumplir con aquello que le había mandado.

Tras las grandes y blancas murallas de Husmacia, también el estrés era patente. Los soldados eran entrenados en el campo de entrenamiento por el comandante guniveriano que habían enviado desde el reino vecino. Los arqueros maestros también entrenaban al pequeño escuadrón que poseía Husmacia. Este reino no se caracterizaba por un ataque explosivo ni por una experta puntería, sino más bien por una resistencia increíble. El ejército poseía un gran escuadrón de soldados, todos de gran tamaño, fuertes y robustos, que portaban los grandes escudos de Husmacia y las lanzas para aplacar la fuerza enemiga en la primera línea de batalla. Sin embargo, también poseía buenos espadachines que eran rápidos y eficaces.
La princesa Shenia también había estado entrenando duramente por su cuenta y ahora, con un comandante guniveriano a su servicio, estaba sometida a unos ejercicios duros y agotadores. El príncipe Asch había dado las órdenes de una manera muy clara, quería entrenar a la princesa de la manera más rápida e intensa, por ello, el comandante era obligado a cargar contra ella como si fuera su propio príncipe. La chica al principio se dedicaba a esquivar los golpes o pararlos, pero con un par de indicaciones y pautas, conseguía contraatacar la mayoría de ellos. De momento, sólo tenía permitido utilizar la espada, para que cogiera soltura y se acostumbrara a su peso.
Shenia lanzó un ataque desde arriba, cogiendo con ambas manos la empuñadura, y el filo de la espada chocó contra la del comandante, que mantenía un equilibrio perfecto. La muchacha hizo fuerza, pero el hombre la empujó hacia atrás y cortó el aire, justo cuando ella saltó y colocó los pies para mantener la postura inicial.
-Debes estudiar al enemigo, observar su juego de pies, sus movimientos. Siempre encontrarás un punto débil. Todos lo tenemos. –La chica se quedó mirando al hombre, analizándole. Éste se lanzó contra ella con toda su fuerza, lanzando los ataques que ella paraba con su espada. Era obvio que él era mucho más alto, pero también se movía más lento. Debía utilizar esa ventaja para hacerlo caer.
El filo de ambas armas volvió a chocar y ambos ejercieron fuerza para echar al otro hacia atrás, pero ninguno cedía. Shenia apretó los dientes y ejerció toda la fuerza que pudo. El hombre, al ver su esfuerzo, lo imitó y empujó todo su cuerpo hacia delante. La chica aprovechó entonces para saltar a un lado, coger con fuerza el mango y pegarle un fuerte golpe en la cabeza. El comandante cayó al suelo y trató de incorporarse lo antes posible cuando sintió el filo de la espada de la princesa en el cuello, pinchando ligeramente la piel.
-Excelente. –Alabó el hombre, mientras esbozaba una sonrisa.- Has utilizado mi propia fuerza contra mí. Perfecto. –La chica retiró la espada y le ayudó a levantarse.- Está bien que sepas utilizar una espada a dos manos, pero tengo entendido que tienes gran habilidad con los látigos, tendrías que practicar a una mano.
-Lo he intentado, pero ésta es demasiado pesada, no la aguanto mucho rato.
-Habrá que encontrarte una más pequeña, más ligera, podrías utilizar ambas.
Juntos se fueron a las herrerías en dónde trabajaban a pleno rendimiento para tener a punto todas las armas para el ejército, las que ya estaban listas eran almacenadas en la armería que había a continuación. Ambos pasaron al interior de la habitación, era cuadrangular, amplia, con escaleras descendentes que indicaban otros pisos para almacenarlas. Bajaron por ellas en silencio para dar a otra estancia, en la cual había sólo espadas. Éstas eran de todos los tamaños, desde estoques a dos manos a dagas arrojadizas. El comandante se acercó a una sección intermedia, dónde se encontraban las espadas ligeras. Tras inspeccionarlas todas, la princesa agarró la empuñadura de una preciosa espada de hierro, con el filo ligeramente curvado y una punta afilada. Poseía una elaborada decoración floral a lo largo de toda ella, sin embargo, la empuñadura era simple y austera.
Tras probar su peso en ambas manos, la chica esbozó una sonrisa y se giró hacia su acompañante, que no le quitaba el ojo de encima.
-Me gusta esta.
-Es una cimitarra, una espada ligera, muy manejable y cortante. Me parece que es la indicada para ti. –Asintió varias veces con la cabeza.- Bueno, ¿practicamos? -La princesa aprobó su propuesta y, juntos, salieron hacia el campo de entrenamiento para seguir con la instrucción.

Aquella taberna siempre había sido frecuentada por la misma gente. Asesinos, mercenarios, fugitivos, delincuentes… Todos formaban la escoria de una sociedad civilizada. Las gentes de los pueblos miraban con malos ojos a aquellos que pertenecían a esa calaña, muchos se equivocaban al pensar que todos eran iguales, pero su fama estaba justificada. Incluso en el ambiente familiar que poseía aquel lugar, la mayoría se comportaba como auténticos animales. Incluso aquel día en el que los príncipes de Y.U.R.G.S. se habían acercado, no pudieron dejar a un lado sus malas formas.
Esa mañana nada había cambiado, los que allí había estaban embriagados desde la noche anterior o comenzaban a estarlo desde el alba. Gritaban, maldecían, escupían y eructaban, se comportaban peor que los cerdos en la pocilga. Durante las primeras visitas de Kylai había salido asqueada de aquel lugar, pero ahora, después de tanto tiempo, ya estaba acostumbrada al peor de los olores.
La pequeña erenia se encontraba sola, sentada en una de las mesas junto a la ventana. Había dejado a su bestia fuera, durmiendo bajo la sombra de un gran árbol. A pesar de ser un bicho aterrador, dormía como un cachorro. Encima de la mesa había dos jarras vacías y una a medio beber delante de ella, la cual acariciaba con la yema de los dedos. Estaba demasiado enfrascada en sus pensamientos como para escuchar la pelea que había tras ella. Al parecer, un escuálido fugitivo había derramado la cerveza de un irascible mercenario y éste quería lanzarle a través de una ventana. Sin embargo, el ruido se fue apagando cuando la puerta se abrió.
El mercenario tenía cogido por el pescuezo al muchacho cuando levantó la cabeza y observó a quién entró en la taberna. Su rostro se crispó, aún más si cabe, y apretó los dientes. Incluso comenzaba a ponerse colorado. Dejó caer al fugitivo y éste se arrastró por el suelo para alejarse de él.
-Tú… -comenzó a mascullar el mercenario.- Eres el cabrón de la otra vez. No pensé que tuvieras los huevos para volver a aparecer por aquí. ¿Ya no vienes con tus guardaespaldas?
El príncipe Asch alzó una ceja, mirándolo con indiferencia y cierto desdén. Parecía ni inmutarse por la ira que desprendía el hombre.
-¿Guardaespaldas? Creo que no fui yo quien pidió ayuda a sus amigos cuando un tullido le estaba pegando una paliza. –Caminó hacia el interior y le apartó para poder pasar. Todos los presentes dieron un paso atrás.
-¿Cómo has dicho? Hijo de puta, ahora verás. –Las fosas nasales del hombre se abrieron, frunció el ceño y agarró al príncipe del hombro. Sacó del bolsillo un cuchillo con el corte irregular y trató de clavárselo en los riñones. Asch le agarró por la muñeca de la mano que lo sujetaba, se giró, retorciéndole el brazo, y le arrebató la daga de la otra. La cogió con fuerza y se la clavó al hombre en la palma. Éste profirió un grito.
-No tengo ni tiempo ni paciencia para tratar con escoria como tú, será mejor que trates de conservar tu otra mano.
Le soltó y siguió su camino, mientras todo el mundo se apartaba. Llegó hasta la mesa en la que se encontraba Kylai y tomó asiento sin preguntar antes. El tabernero le sirvió, sin que éste pidiera nada, una jarra de cerveza fría.
-Vayas a dónde vayas, ¿siempre tienes que ser el centro de atención? –Preguntó la pequeña sin mirarle.
-Soy impresionante, es normal que se fijen en mí y quieran superarme. –Dijo con una sonrisa ladina, cogió la jarra y dio un largo trago. La erenia volvió la cabeza y clavó su mirada en él.
-Veo que sigues siendo tan modesto como siempre.
-Las buenas costumbres nunca cambian.
Kylai sonrió.
-¿A qué has venido? Porque creo que tienes asuntos pendientes más importantes que dejar tullido a ese despojo.
Asch se acomodó en la silla y observó la espuma que aún quedaba en la cerveza. Pasó el dedo por el vidrio. Su sonrisa pilla había desaparecido y ahora su semblante estaba serio.
-Necesito tu ayuda, necesito toda la ayuda que puedas conseguir. –Alzó los ojos hacia ella.- Estamos en guerra. –La muchacha no se inmutó y esperó pacientemente a que el príncipe encontrara las palabras adecuadas y se lo explicara. El chico palideció un momento, se echó hacia atrás la melena y cogió aire, antes de exponer toda la información que poseía.
Después de la larga charla, de explicar la maldición que poseía el príncipe Drank, de la guerra que librarían en dos días y de la unión de todas las fuerzas de la Alianza, el chico se quedó callado, esperando una respuesta de Kylai a una pregunta que no hacía falta realizar. La erenia dio el último trago a su cerveza y apartó la jarra vacía hacia el centro de la mesa, junto a las demás.
-Sabes que cobro por ello y ya me debéis mucho dinero por todo el servicio que os he prestado.
Un saco golpeó la mesa e hizo callar a la pequeña, sus manitas deshicieron el lazo y dejaron ver en el interior puñados de monedas de oro. Tragó saliva y clavó los ojos en Asch.
-Esto debe de ser suficiente para saldar todas las cuentas que tenemos contigo. –Se inclinó hacia ella y apoyó las manos en la mesa.- Necesito tener toda la ayuda posible, te necesito Kylai. Sabes que no vendría pidiendo ayuda si de verdad no la necesitara.
Ambos se quedaron en silencio. La muchacha consideraba la oferta, era peligroso. Una cosa eran robos, asesinatos… pero nunca había luchado en una guerra de verdad, se veía capaz, pero inexperta. Además, no todos los mercenarios de Y.U.R.G.S. estarían dispuestos a dar su vida en aquella guerra, la mayoría querrían verles a todos muertos. Se pasó la lengua por los labios y agarró el saco. Asch se echó hacia atrás en la silla y la observó en silencio.
-Dame tres días y reuniré las fuerzas necesarias. –Saltó de la silla y cogió la gran espada que estaba apoyada contra la pared. Fue arrastrándola por el suelo hasta la salida. El príncipe observó a través de la ventana que tenía en frente cómo despertaba a su bestia y juntos se internaban en el bosque. Sus ojos bajaron para observar la bebida. Tomó un sorbo y se pasó la lengua por los labios para limpiar la espuma.
-Espero que tengamos tres días.


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