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Y.U.R.G.S. -Epílogo-

Dos años después.
Los pasos resonaban en todo aquel desierto pasillo como si una legión de soldados estuviera dentro del castillo. La luna se alzaba en el cielo, resplandeciendo y brindando una fría luz a todo el reino. Hacía buena temperatura en el exterior, pues se acercaba el verano, a pesar de que un molesto viento se había levantado desde el anochecer y había arremetido contra la piedra del castillo. Se oyó un grito. De nuevo comenzaron los pasos nerviosos, recorriendo el pasillo mientas el silbido del aire trataba de amortiguar aquel sonido. Aquella persona estaba alterada, movía las manos continuamente y murmuraba cosas inteligibles por lo bajo, como hablando un idioma extraño para sí misma. Cinco segundos más tarde, se volvió a quedar parada frente a las puertas dobles de madera que estaban flanqueadas por dos grandes antorchas de piedra. El nerviosismo le hacía sudar más que el calor que desprendía el propio fuego. Un segundo alarido de dolor llegó hasta sus oídos.

Y.U.R.G.S. -P. 36-

El día amaneció gris, el cielo estaba cubierto de oscuras nubes que amenazaban con llover sobre la región y de vez en cuando las rachas de aire hacían que los árboles se estremecieran y que el frío se colara entre las piedras del castillo. El viento se llevaba consigo el oscuro humo que salía de las piras funerarias que habían sido quemadas durante todo el día anterior, para después ser limpiadas y retiradas de la plaza elíptica. Aquel rito funerario había sido en honor de los soldados caídos en la batalla, tanto nefilim como humanos y elfos, incluso las pérdidas del ejército darviano. Fue una ceremonia sencilla, donde toda la población podía asistir libremente y  los familiares y amigos de las víctimas fueron obsequiados con regalos y ofrendas, y con varios días libres para llorar su pérdida y hacer sus funerales propios.
Sin embargo, los velatorios aún no habían acabado. Aquella mañana se habían colocado ya tres grandes hogueras a los pies del exvoto de los fundadores de Y.U.R.G.S. donde se realizarían las ofrendas, regalos y cremación de los reyes de Blizternova y del propio príncipe.

Con el primer relámpago, las puertas de las murallas de la ciudad se abrieron de par en par y el ejército nefilim salió en procesión, ataviados con las armaduras de gala y los estandartes del reino, acompañados por unos músicos que encabezaban la misma interpretando una marcha fúnebre. Tras el ejército, parte de la población, tanto artesanos como campesinos, acompañaban al séquito con antorchas y flores, todos vestidos con capas gruesas para protegerse del frío. Tres grupos de diez soldados transportaban las literas en donde los cuerpos de los monarcas y el del príncipe descansaban. Los habían limpiado, perfumado y vestido con las mejores galas de cada uno, adornados además con las joyas y reliquias familiares, o las armas que habían utilizado durante su vida.
Otro rayo iluminó el cielo, dio paso a un sonoro trueno y la lluvia cayó con fuerza. Las gotas golpeaban el suelo de la gran plaza elíptica y humedecían las maderas que componían las hogueras que se hallaban a los pies del gran exvoto. Los allí presentes esperaban bajo la lluvia la llegada de la procesión, cuya música se oía a pesar de la fuerza con la que tronaba el cielo. Con motivo de la ceremonia, se había declarado día festivo para todos los reinos y los habitantes eran libres de acudir a la despedida de los reyes. Cientos de personas se habían congregado frente a las piras, con sus capas y mantos de invierno, y habían depositado ya las flores y ofrendas a los pies de cada una de las hogueras. Detrás de las mismas, junto al obelisco, los representantes de cada reino y personajes distinguidos de la nobleza se hallaban en actitud solemne. El rey Regis se encontraba a la izquierda, vestido con ropas oscuras de luto, con la mirada fija en la cortina de lluvia y el canoso cabello empapado. Su séquito se hallaba tras él. A su lado la reina de Husmacia, Anri, con un largo vestido grisáceo, cerrado y de cuello alto, con mangas acampanadas que escondían sus manos entrelazadas. Una capucha de piel ocultaba su larga melena y sólo dejaba visible sus brillantes orbes esmeraldas, llenos de tristeza y pesadumbre. Nicolette y Aleshia se encontraban a continuación, ambas ataviadas con ropajes sencillos pero gruesos, de colores oscuros y con amplias capuchas para protegerse de la lluvia. La doncella calmaba contra su hombro los sollozos de Aleshia, cuyo cuerpo temblaba entre los brazos de su antigua compañera. Entre los demás presentes podía verse a Sylvie y su tío, con algunos de sus nobles de confianza, caballeros de la corte de Guniver y Husmacia, e incluso habían acudido los dos meloras, Amadeus y Belpher, arropados con pieles y subidos a un mueble de madera para poder contemplar con mayor facilidad la cremación. Apartados, con las cabezas agachadas, agarrando entre sus huesudas manos unos recipientes de plata, había un pequeño grupo de tres sacerdotes, los responsables de llevar a cabo la ceremonia.
Frente a este distinguido grupo, a unos pasos de distancia, se encontraban los tres herederos. Shenia estaba apoyada contra el pecho de Asch mientras éste la abrazaba y acariciaba la cabeza tras la capucha que le cubría el cabello. La muchacha vestía un atuendo muy parecido al de su madre. El humano, por el contrario, se había ataviado con indumentaria de luto de su país, de color azul marino, con el escudo de su casa bordada en el pectoral derecho. Su cabello, mojado y más oscuro por el agua, estaba echado hacia atrás. A su lado, el elfo observaba en una posición hierática la pira que correspondía al príncipe. Las ojeras se marcaban bajo sus ojos y el cabello se le metía en éstos. Vestía de luto, con colores grises y blancos.
La procesión entró en la plaza y todos los presentes alzaron sus miradas para contemplar la marcha. Por unos momentos todos contuvieron su respiración. Los portadores de las literas se detuvieron frente a las hogueras correspondientes mientras las legiones se colocaban a su alrededor, los músicos esperaban apartados, concentrados en la melodía que se sobreponía a la tormenta. Sacaron de las literas las camillas con las que transportarían a los monarcas a sus respectivas piras, dejaron los cuerpos con la mayor delicadeza posible sobre las maderas y se retiraron hasta colocarse junto a los demás soldados.
Cuando los músicos terminaron la pieza, los sacerdotes avanzaron solemnemente, murmurando para ellos oraciones en un idioma antiguo que ya nadie en todo Y.U.R.G.S. conocía. Con un movimiento sincronizado, los tres sacerdotes vertieron un espeso líquido sobre los cuerpos de los difuntos que desprendía un olor dulzón. Tres soldados avanzaron hacia ellos portando las antorchas que acto seguido los ancianos cogieron. El más mayor de todos, un hombre encorvado de cabello blanquecino y larga barba, dio un par de pasos y alzó los brazos.
-¡Oh, dioses! –Clamó a los cuatro vientos, sobreponiendo su voz al ruido del cielo.- A los que honramos con ofrendas y sacrificios, a los que oramos y pedimos ayuda, acoged en vuestro seno divino el alma de nuestros hermanos que tan fatalmente perdieron la vida a causa de una terrible profecía. Acogedles para que puedan compartir con vosotros la vida eterna y que puedan observar desde el cielo el mundo que ahora han abandonado. Que su alma pueda disfrutar de la inmortalidad que tanto se merecen y que nosotros alberguemos para siempre en nuestros corazones su recuerdo, para que su existencia mortal no desaparezca con su muerte. Os pedimos, oh señores, que protejáis su reino, su pueblo y su familia, y que nos ayudéis a soportar esta terrible pérdida que aflige nuestras almas como si una parte de nosotros hubiera sido arrancada.
Sus palabras sobrecogieron el corazón de los presentes, los llantos se ahogaban en sus gargantas y las silenciosas lágrimas resbalaban por las mejillas de aquellos que no tenían fuerza de voluntad para reprimirlas. Los más allegados de las víctimas se apoyaban los unos en los otros, sin sentir vergüenza al exponer sus sentimientos tan abiertamente. Entre los nobles y reyes presentes, primaban las formas. El monarca elfo había dejado atrás a su séquito y se acercaba a la reina Anri para apoyarla. La mujer no apartaba la vista de los difuntos en ningún momento salvo para echar rápidas miradas a la doncella que tan desconsoladamente lloraba sobre el hombro de su amiga. El rey de Darven y su sobrina Sylvie mantenían las cabezas gachas mientras de sus labios salían oraciones.
-Así, con este purificador fuego, os ofrecemos su cuerpo mortal, su último recuerdo físico de su existencia. Escuchad nuestras súplicas y proteged a nuestros hermanos. –Las tres antorchas descendieron y el fuego de las mismas rozó la piel embalsamada de los difuntos. A pesar de la lluvia, el aceite prendió con rapidez y los tres cuerpos comenzaron a arder.- Sanair Owl Von Stain, rey de Blizternova, Lady Firginar Van Stain, reina de Blizternova, Drank Owl Von Stain, príncipe heredero, sed acogidos en su seno y descansad en paz. Por Y.U.R.G.S…
Las piras comenzaron a arder con mayor fuerza, la madera, impregnada también con el aceite, crepitaba bajo las llamas.
El fuego iluminaba el rostro de los tres herederos, Shenia no podía aguantar más la presión de su pecho y se volvió hacia su prometido para sollozar en silencio. El rostro del humano trataba de reprimir el sentimiento de dolor que atenazaba su corazón y acarició el cabello de su amada para tratar de calmarla. Sus ojos verdosos estaban fijos en su difunto amigo hasta que apartó la mirada y enterró el rostro en el cabello de la muchacha. El príncipe elfo, por el contrario, se mantenía firme y apartado de la pareja, con los brazos pegados a su cuerpo y sus orbes rojizos fijos en el cuerpo de Drank, que poco a poco se iba consumiendo. Su rostro permanecía impasible, pero sentía en su sien el continúo palpitar de su corazón contra la caja torácica. A pesar de que gracias a él la Luna de Sangre había desaparecido, a que había liberado a su amigo de aquella maldición, pesaba sobre sus hombros la culpa de haber asesinado a un hermano. El dolor de la pérdida y el sentimiento de culpa habían sumido su ánimo en la miseria, y había abierto en su alma una herida que tardaría tiempo en sanar. En su cabeza se repetía una y otra vez la misma pregunta: ¿qué clase de rey sería si había sido tan miserable de matar a un hermano? Por su culpa había dejado un reino sin heredero, sin rey, había dejado a un pueblo sin gobernante y a un hijo sin padre.
Una lágrima resbaló por su mejilla y se camufló con las gotas de lluvia que caían de su empapado cabello.

Había dejado de llover a mediodía, pero el ambiente seguía frío y húmedo. El viento que se había levantado no ayudaba a que la temperatura aumentara, por lo que aquella noche sería una de las más frías del año. Las piras de madera ya habían sido retiradas y los cuerpos de los difuntos habían sido introducidos en el panteón familiar, situado bajo uno de los lados del obelisco de la Plaza Elíptica, que coincidía con el lado que contenía los nombres de todos los monarcas a partir del fundador. Al día siguiente esculpirían los nombres de los fallecidos.
Todos los presentes habían partido hacía tiempo, pero Glaiss seguía allí, quieto frente al gran monumento. Su cuerpo temblaba, sus ropajes seguían húmedos y el frío comenzaba a calar en sus huesos, pero no estaba dispuesto a abandonar el lugar, todavía no. Había prometido a su padre que acudiría para la cena, pero su estómago se negaba a dejar pasar comida. Cuando el sol se ocultó en el horizonte y las sombras se extendieron por el lugar, la luna blanca iluminó el gran exvoto.
-Por más que te sigas arrepintiendo, las cosas no van a cambiar, amigo mío.
La voz de Asch interrumpió sus pensamientos, estaba tan ensimismado que no había ni escuchado las herraduras de su montura sobre la piedra del pavimento. El humano descendió de un salto y caminó hacia su compañero. Al llegar a su lado, le pasó el brazo por los hombros y alzó la vista hacia el monumento.
-Deja de torturarte, has sido muy valiente al hacerlo. Sabías que no había otra manera, Glaiss. –No contestó. Asch se volvió hacia él y lo observó. Su labio inferior temblaba, sus mejillas estaban enrojecidas y su cabello pegado a su rostro. Sus ojos no se apartaban del obelisco.- Glaiss, ¡Glaiss!
Pero el elfo no reaccionaba. Asch chascó la lengua y agarró a su amigo de los hombros, le empujó para que comenzara a andar, llevando a su montura detrás de ellos, cogido por las riendas. Lentamente, se fueron alejando de la plaza en dirección al reino del elfo. Cuando atravesaron las murallas de la ciudad, los sirvientes corrieron a atender a su señor y Asch dejó a su amigo en sus manos, aunque sabía que sería bien atendido, su preocupación no desaparecía. Nunca antes había visto a su amigo en aquel estado y eso le inquietaba. Deseaba que se recuperara cuanto antes. Con un suspiro, montó en su caballo y salió cabalgando en dirección a su reino.
Tras haberse dado un baño de agua caliente, haberse secado y vestido con ropas gruesas, el elfo caminó por los solitarios pasillos de su castillo hasta salir a un patio interior. Después pasear entre algunos de los árboles frutales que allí había, se sentó en un banco de piedra tallada y se quedó observando el suelo. A su mente acudió una tormentosa imagen: la sangre cubriendo su espada, sus ojos carentes de vida, su último aliento…
Cerró los ojos con fuerza y se llevó las manos a la cabeza. Su rostro no había dejado de atormentarle y había impedido conciliar el sueño en más de una ocasión. Su imagen le perseguía, le atormentaba e incluso le había acusado de la desgracia que sacudiría Blizternova sin un rey al mando y de haber arrebatado a su futuro hijo un padre. Su respiración se hizo irregular y sintió que el estómago se le hacía un nudo.
-¿Glaiss? ¿Estás bien? –Un dulce voz llegó a sus oídos. Normalmente, al oírla, su corazón se desbocaría, una bobalicona sonrisa se dibujaría en su rostro y sus ojos solo estarían fijos en ella. Pero en aquel momento, dada la situación, nada podía animarle.
Sylvie se acercó al muchacho, ataviada con una capa gruesa de pieles sobre un vestido color cereza, su cabello rubio estaba suelto y el aire lo mecía suavemente. Tomó asiento al lado del elfo, éste se quitó las manos del rostro y lo apartó para que ella no pudiera mirarle. No merecía que le mirara con dulzura.
-Glaiss… -Susurró la muchacha y deslizó la mano hasta rozar la suya, pero no hubo reacción por su parte- No puedo entender cuán afectado debes de estar, aunque cuando perdí a mi hermano creí que nunca levantaría la cabeza. Tal vez debería haberle ayudado y no centrarme en mi propio poder, tal vez… no hubiera pasado nada si yo hubiera estado ahí. –Apoyó la mejilla contra el hombro del chico, sintiendo cómo se tensaba-.  No deberías sentirte culpable por la muerte del príncipe, vuestro padre me informó de la maldición y la profecía, hiciste lo que debías. Le has liberado.
Glaiss se apartó bruscamente de ella y se levantó, sus ojos rojizos se clavaron en la mirada confusa de la muchacha.
-¿Y por qué me atormenta su imagen? ¿Por qué siento que he realizado una atrocidad?
Sylvie se levantó, con el rostro tranquilo, pero preocupado, y trató de acercarse a él aunque éste parecía no querer mantener contacto.
-Porque tienes sentimientos, Drank era tu amigo y gracias a ti ahora podrá descansar en paz, estaba sufriendo, Glaiss, estoy segura de que él querría que acabaras con su sufrimiento…
Le dio la espalda. El muchacho seguía sintiéndose culpable de la muerte de su amigo, se consideraba a sí mismo un monstruo. Se pasó la mano por el cabello para echarlo hacia atrás y trató de calmarse, entonces, su cuerpo se tensó al sentir las manos de Sylvie en su espalda. La chica se había acercado a él y se había apoyado contra su cuerpo.
-No te martirices, no dejes que unos pensamientos retorcidos te amarguen… Drank te estaría agradecido. –Por unos segundos ambos se quedaron en silencio. Lentamente, Sylvie se puso de puntillas y posó los labios sobre la parte de atrás del cuello del muchacho. Acto seguido, se separó y caminó hacia el interior del castillo. Sin embargo, un fuerte tirón la hizo retroceder de manera brusca. Ella se giró y los labios de Glaiss se apretaron contra los suyos. La otra mano del muchacho la tomó de la cintura para atraer su cuerpo hacia el suyo. Su boca se mantuvo rígida contra la de la chica, pero poco a poco, fue abandonando la tensión y aquel beso se tornó apasionado. Sylvie estaba sorprendida por aquel repentino cambio de actitud, aunque lo agradecía enormemente. Se agarró de su ropa y ambos dejaron que el tiempo se congelara en un momento en el que sólo estaban ellos. El amor y la pasión que sus corazones sentían les había hecho olvidar las preocupaciones anteriores, y aunque en la cabeza de Glaiss se sucedían las preguntas retorcidas, éstas fueron rápidamente acalladas por otro tipo de pensamientos que hicieron de sus mejillas dos puntos candentes.
Y así, aquel día lleno de tristeza y solemnidad, llegó a su fin con el beso de los dos amantes.

Las puertas del castillo de Blizternova se abrieron después de dos semanas, el lugar comenzó a recobrar la vida que había tenido anteriormente. La Sala de Reuniones, equipada con una mesa redonda de grandes dimensiones, realizada en madera de pino y con el escudo de Blizternova grabado sobre ella, unas sillas a juego, con respaldos y asientos tapizados de color gris, y varias estanterías repletas de libros, daba cobijo a los representantes de las diferentes naciones. Sentados a su alrededor se encontraban el rey Regis, la reina Anri, el príncipe y, próximamente monarca, Asch y ciertos nobles de la corte nefilim.
-Debemos deliberar, el reino no puede estar con un gobierno provisional más tiempo. Blizternova necesita un líder. –Dijo uno de los nobles, un hombre mayor de pelo ya canoso.
-Ya habéis escuchado nuestra propuesta, Drank reconoció y ordenó como última voluntad que su hijo fuera el heredero al trono. –Dijo con tranquilidad la reina Anri.
-¡A un no nato! –Exclamó otro, más joven que el anterior-- ¿Quién ocupará su lugar hasta entonces?
-Su madre. –Intervino Asch, observando a todos los presentes- Las regencias siempre se han realizado a través de la madre. Que sea ella quien reine hasta que el hijo cumpla la mayoría de edad.
-¡Imposible! Ella no es más que una doncella, da gracias que el pueblo haya aceptado a ese infante como heredero. ¿Qué sabe ella de gobernar un reino? ¡Nos llevaría a la ruina!
-Señor mío… -Murmuró Anri con dulzura, el hombre rápidamente quedó en silencio- ¿No veis que estáis exagerando? Contáis con personal altamente cualificado para enseñarle y guiarle en esa tarea, con vuestra ayuda Aleshia será capaz de realizar la regencia.
-Mi señora, lord Bayron tiene razón. A pesar de que apoyo la regencia, Aleshia necesita a alguien a su lado que tenga experiencia en llevar un reino, por muchos consejeros que tenga, no tiene conocimiento alguno para tomar las decisiones correctas.
-¿Qué proponéis? –Intervino Regis.
-Encontrar a alguien capacitado para el puesto, como una doble regencia, alguien que sepa afrontar los momentos difíciles con cabeza. –Explicó la joven Camile con voz pausada.
-¿Quién?
Las puertas de la sala se abrieron de par en par, el joven elfo cruzó el umbral seguido de dos guardias nefilim que intentaban frenarlo.
-Yo me ofrezco.
-¡Glaiss! –Exclamó el rey sorprendido, mientras se levantaba del asiento.
-Sé que yo puedo ayudar a Aleshia y enseñarle cuanto sé. Permitidme tomar las riendas de Blizternova.
-Eres aún muy joven, hijo, aún no tienes el conocimiento suficiente para el puesto. Me niego, tampoco creo que sea bueno que te desintereses por tu propio pueblo.
-Créeme que no lo haré, padre, podré con ambas responsabilidades. Por favor… -Sus ojos recorrieron todos y cada uno de los rostros. Dos de los cuatro nobles le miraron con recelo, mientras que Camile asentía con la cabeza a la vez que sus otros compañeros. La reina le miraba sonriendo tiernamente mientras su amigo Asch mantenía el rostro impasible. Su padre, sin embargo, no disimulaba la irritación de su propuesta.
-Votemos. –Propuso la reina
Tres personas en la mesa alzaron la mano en contra de la regencia del elfo, otras tres apoyaron su iniciativa, sin embargo, Asch no había dado su opinión en ningún momento. Éste se mantenía en silencio, con la vista fija en Glaiss, quien había fruncido el ceño, extrañado de no haber recibido un apoyo inmediato por su parte.
-¿Príncipe Asch?
El humano respiró hondo y se levantó, apoyó las manos sobre la mesa y se inclinó hacia delante sin apartar la vista de su amigo.
-No creo que seas consciente de toda la responsabilidad que deberían soportar tus hombros, no son simples tareas que puedas dejar para otro momento, Glaiss, la vida de cientos de personas dependerían de tu decisiones y, créeme, no es fácil llevar a cabo dicha tarea. Tu padre tiene razón, amigo, aún eres demasiado joven y podrías disfrutar de tu libertad como príncipe antes de tener que sentar la cabeza y sobrellevar el peso de la corona. –Hizo una pausa. El muchacho observó que la confusión de su mirada se tornaba en decepción.- Yo he tomado la regencia de mi país después del asesinato de mis padres por obligación y en pocos días se celebrará la coronación. ¿Estoy preparado? No y dudo que hasta dentro de años lo llegue a estar. –Tragó saliva y se irguió. Pasó la vista por toda la mesa hasta volver a su compañero, entonces, sus facciones se suavizaron y se dibujó una media sonrisa, llena de nostalgia, en sus labios- Sin embargo, sé los motivos que tienes para afrontar dicha tarea… Voto a favor de tu regencia, amigo, y espero que consigas la paz que estás buscando.
La alegría se plasmó en el rostro del elfo y le agradeció con la mirada su fiel apoyo. El rey Regis soltó un suspiro de exasperación y asintió.
-Qué así sea, pues, el príncipe de Sonrengar se convertirá en el segundo regente de Blizternova hasta que la madre del heredero esté preparada para tomar el cargo en su totalidad. –Dio un pequeño golpe en la mesa con la palma de la mano para levantar aquella sesión.
Todos los presentes se levantaron, algunos salieron rápidamente de la sala, casualmente aquellos que habían denegado la petición de Glaiss, mientras que el resto se acercó al muchacho para felicitar y honrar su valentía. Cuando Camile y Anri hubieron abandonado la sala, Glaiss abrazó a su amigo con fuerza.
-Gracias por confiar en mí.
-Espero que sepas lo que haces.
Ambos amigos se miraron unos segundos en silencio. Glaiss estaba emocionado y se excusó ante el humano por tener que irse tan rápido, pues Sylvie se encontraba en la entrada del castillo esperándole. Con una sonrisa, Asch despidió a su amigo, pero borró aquel gesto cuando éste salió de la estancia. En un principio, su voto había sido negativo, pues la corta edad y la poca experiencia del muchacho eran motivos suficientes para denegarle la regencia, sin embargo, él sabía perfectamente qué le había impulsado a hacerlo. Al sentirse culpable de la muerte de Drank y de haber privado tanto al reino como a su hijo de su figura, ser regente del país y tutor de Aleshia sería la oportunidad perfecta para acallar su conciencia y aplacar el dolor que le atenazaba desde aquel fatídico día.

Salió de la sala y cerró las puertas tras él, sus manos acariciaron la madera de la misma y su mente comenzó a divagar sobre el devenir. Todos habían rezado para que la paz y la tranquilidad reinaran sobre Y.U.R.G.S. por mucho tiempo, para que la prosperidad envolviera a todos los reinos y aplacara las desgracias sufridas hasta ahora. Sin embargo, será el destino el que decida la suerte que han de sufrir los habitantes de aquella nación, lo que sí sabía el humano era que estarían preparados para cualquier peligro que se avecinara y que lo enfrentarían juntos, como hermanos. 

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