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Y.U.R.G.S. -Epílogo-

Dos años después.
Los pasos resonaban en todo aquel desierto pasillo como si una legión de soldados estuviera dentro del castillo. La luna se alzaba en el cielo, resplandeciendo y brindando una fría luz a todo el reino. Hacía buena temperatura en el exterior, pues se acercaba el verano, a pesar de que un molesto viento se había levantado desde el anochecer y había arremetido contra la piedra del castillo. Se oyó un grito. De nuevo comenzaron los pasos nerviosos, recorriendo el pasillo mientas el silbido del aire trataba de amortiguar aquel sonido. Aquella persona estaba alterada, movía las manos continuamente y murmuraba cosas inteligibles por lo bajo, como hablando un idioma extraño para sí misma. Cinco segundos más tarde, se volvió a quedar parada frente a las puertas dobles de madera que estaban flanqueadas por dos grandes antorchas de piedra. El nerviosismo le hacía sudar más que el calor que desprendía el propio fuego. Un segundo alarido de dolor llegó hasta sus oídos.

Y.U.R.G.S. -P. 35-

Drank había caído, el elfo se acercó tambaleándose y se arrodilló a su lado. Aún respiraba. Lo agarró por los hombros y se hicieron de soporte el uno al otro. El rostro del nefilim había cambiado. Sus ojos volvían a tener su brillo característico, aunque éste se estuviera apagando poco a poco, el color de su piel se volvía cada vez más moreno y un hilillo de sustancia negra, combinado con sangre, corría por las comisuras de sus labios. Su mirada se posó en Glaiss. Sus ojos no transmitían miedo, ni dolor, sino arrepentimiento y alivio. Apoyó la cabeza contra el pecho de su amigo.
-Perdóname… -Murmuró.
El elfo negó con la cabeza. La tristeza y el dolor le impedían hablar, y las lágrimas le ardían en sus ojos. Por un momento se olvidó de la herida de su vientre, agarró la mano del nefilim, aún había fuerza en sus músculos. Éste volvió a intentar hablar, pero apenas podía articular palabra. Soltó un suspiro y su cuerpo comenzó a relajarse, su mano, la que sujetaba el elfo, comenzaba a perder fuerza y la viveza de sus ojos se apagó. Con aquel último suspiro, la vida del nefilim llegó a su fin.

Glaiss apretó con más fuerza aún la mano de su amigo, esperando que le devolviera aquel apretón, al no haber reacción, tensó la mandíbula y profirió un desgarrador grito de dolor. Las lágrimas no aguantaron más en sus ojos y se derramaron por su rostro, humedeciendo sus mejillas y limpiando el sudor, la suciedad y la sangre que pudiera haber en ellas. Abatido y con el corazón en un puño, apoyó la barbilla sobre la cabeza del príncipe y cerró los ojos con fuerza. Quizá aquello no había sucedido, quizá todo era un mal sueño, quizá nunca ocurrió. Sin embargo, sabía que aquellos pensamientos eran meras excusas para no enfrentarse a la cruel realidad: había asesinado a su amigo. Su muerte pesaría sobre su conciencia durante toda su vida, por su culpa el niño que Aleshia esperaba nunca conocería a su padre y tendría que hacerse cargo ella sola. Los oídos comenzaron a pitarle, las náuseas volvieron a invadirle y la cabeza comenzó a darle vueltas. Al abrir los ojos, no pudo ver más que sombras borrosas y extrañas figuras, su vista se nublaba. Se sentía pesado, cansado y hundido. Simplemente, se dejó llevar por aquella atrayente oscuridad que le rodeaba, podía encontrar la paz que tanto necesitaba. Entonces, apretó por última vez su mano, bajó los párpados y se hundió en las sombras.

La batalla se había detenido abruptamente. Los nefilim que todavía seguían vivos habían detenido sus ataques de forma brusca y observaban a sus contrincantes. Espadas, lanzas y hachas cayeron al unísono sobre el suelo. Los nefilim, por un momento, se quedaron petrificados. Los soldados humanos y elfos se quedaron observándolos, sin bajar la guardia, en absoluto silencio. Poco a poco, los adversarios abrieron sus bocas y un líquido negruzco se derramó desde éstas, manchando sus ropajes. Sus ojos enfermos tomaron los colores que habían tenido anteriormente, el color de su piel volvió a la normalidad. Lentamente recobraron su anterior conciencia.
Shenia, que había estado luchando contra aquel joven nefilim, había tropezado con el cadáver de un soldado de Blizternova y había caído al suelo. Su enemigo se abalanzó sobre su cuerpo, pero se quedó paralizado antes de herirla de muerte. Los ojos de Shenia escrutaron las facciones de su rostro, observó cómo el oscuro color de los ojos era sustituido por un azul claro, cómo su piel se aclaraba hasta volverse pálida y cómo abría la boca y la sustancia negra salía de ésta. El líquido manchó su rostro, ciertas gotas se introdujeron en su boca. Se quitó al joven de encima, que seguía en shock, y se incorporó, tosiendo y limpiándose el rostro con las manos. Cuando no quedó ni rastro de aquella sustancia, la muchacha se quedó quieta, mirando fijamente el campo de batalla. Ya no había luchas, todos los supervivientes de aquella masacre, sin importar el bando, se ayudaron mutuamente.
Alguien se colocó detrás, extendiendo su sombra sobre ella. Shenia alzó el rostro para observar al chico con el que hasta hacía unos momentos estaba peleando. Éste le tendió la mano para ayudarla a levantar.
-Mi señora. –Shenia aceptó su ayuda y cuando estuvo de pie, aquel joven se arrodilló frente a ella.- Perdóneme, he atentado contra vuestra vida. Merezco la muerte.
-No. –Cortó la muchacha. Tiró de su brazo para hacerlo levantar.- No has sido tú.
Ambos se giraron y observaron el cielo. La luna, antes de gran tamaño y de un color rojizo, ahora brillaba intensamente con un pálido color blanco. La Luna de Sangre había terminado.
-Ya está. Se acabó. –Asch también observaba la luna con una sonrisa de alivio en el rostro, junto a él, sus compatriotas imitaban su gesto. Enfundó su espada y pasó el brazo por los hombros de sus soldados. Les ordenó que ayudaran a todo aquel que lo necesitara. Él tenía encontrar a sus compañeros.
Fue apartando soldados de los tres reinos, sus ojos oteaban el campo de batalla en busca de algún cabello rosado o blanquecino. Se recorrió buena parte de este hasta que reconoció, a lo lejos, la figura de Glaiss. Se acercó corriendo al lugar donde se encontraba su amigo.
-¡Glaiss! –Llamó con una sonrisa. Bajó lentamente el ritmo con el que se acercaba mientras fruncía el ceño. El elfo estaba echando sobre el cuerpo de Drank. Ninguno de los dos se movía. El pánico se apoderó del príncipe de Guniver. Por un momento, dejó de respirar. Sus ojos observaron la escena, con el cuerpo paralizado, antes de echar a correr. Cayó junto a sus compañeros bruscamente y agarró al elfo por los hombros para echarlo a un lado. Sin soltarle, le zarandeó gritando su nombre con desesperación. Al ver que no despertaba, apoyó la cabeza contra su pecho y las leves palpitaciones de su corazón golpearon con suavidad su caja torácica. En aquella posición, una enorme mancha de sangre llamó su atención. Inconscientemente había pensado que la sangre no era suya, no creyó posible que estuviera herido. Rápidamente, le abrió la ropa y la herida comenzó de nuevo a rezumar aquella sustancia roja.
Asch maldijo por lo bajo, acto seguido se quitó su camisa de algodón, que estaba salpicada de sudor y sangre, y la ató con firmeza alrededor de su costado, cubriendo la llaga.
-Vamos, maldito, no me hagas esto. –Dijo entre dientes.
-¿Asch?
El príncipe alzó la cabeza, tenía el rostro descompuesto y pálido, con los ojos desorbitados llenos de preocupación, sin embargo, Shenia no le miraba a él, tenía los ojos fijos en los cuerpos inertes de Drank y Glaiss. Poco a poco, las lágrimas resbalaron por sus mejillas, llevándose con ellas la suciedad de éstas. Se tapó la boca con las manos y ahogó un sollozo. Se acercó a ambos y, mientras Asch estaba junto al cuerpo del elfo, ella se arrodilló junto a Drank. La abertura de su pecho había dejado de sangrar, su piel, a pesar de ser oscura, estaba muy pálida y fría. Sus temblorosas manos acariciaron su mejilla con cuidado, como si no quisiera despertarle. Cuando no pudo aguantar más la presión de su pecho, se desplomó sobre el cuerpo y comenzó a sollozar con fuerza.
Aquellos fuertes lamentos llamaron la atención de muchos de los soldados, éstos se acercaron con cautela a ellos. Los elfos se encontraban primero, observando con temor si su príncipe y próximo rey había muerto. Todos se arremolinaron a su alrededor y el silencio reinaría en aquel campo de batalla de no ser por los alaridos de dolor de la princesa.
El heredero humano colocó su mano sobre la zona del costado que ahora estaba vendado y apretó con fuerza para que dejara de sangrar. Alzó la vista para observar su pálido rostro, la sangre que le cubría el rostro estaba ya seca y había dejado de manar de la herida. Se mordió el labio inferior, nervioso.
-Vamos… -Murmuró.

Glaiss sintió cómo apretaban su herida, el dolor era inaguantable, pero ni siquiera tenía fuerzas para quejarse de él. Sentía que su cuerpo pesaba tanto como si llevara puesta una armadura de hierro forjado. A pesar de no poder moverse, a sus oídos le llegaban los agudos sollozos de Shenia y las palabras desesperadas de su compañero. Incluso los murmullos, que denotaban preocupación, dentro de sus subordinados. Entonces, se obligó a abrir los ojos. Frunció primero el ceño. Aquello iba a requerir un enorme esfuerzo.  
El humano respiró hondo, abrió los ojos de par en par. Los orbes del elfo se movían bajo los párpados. Sus labios se entreabrieron y dejaron escapar un leve quejido. Lentamente, abrió el ojo izquierdo, pues el derecho estaba cubierto de sangre reseca que le impedía alzar el párpado. Al principio, su vista estaba desenfocada, tenía el ojo fijo en el oscuro cielo y en el pálido resplandor de la luna.
-¿Glaiss? –Llamó con un susurro el príncipe. Shenia, con los ojos llenos de lágrimas, alzó la vista para observar a los dos muchachos.- Eh, -Trató de disipar la preocupación que teñía su voz- No creerás que iba a despertarte con un beso, ¿verdad?
El elfo, en silencio, volvió su vista hasta contemplar el rostro de su mejor amigo. Asch sonreía, realmente  estaba aliviado de ver algún tipo de reacción por su parte, de no haberla habido, estaría más destrozado que nunca, pues habría perdido a sus dos hermanos en una sola noche. Éste le cogió la mano y, para su sorpresa, Glaiss la apretó.
-No eres mi tipo. –Murmuró con la voz entrecortada. Asch soltó una carcajada.
Ambos se quedaron mirando durante unos momentos, en completo silencio. El elfo volvió a abrir la boca para hablar, pero no conseguía articular palabra. La fuerza con la que agarraba la mano de su amigo iba desapareciendo. El rostro de Asch se ensombreció. Comenzó a hablarle, pero su voz se amortiguaba en los oídos del muchacho. Se sucedieron los gritos, las órdenes y los quejidos de dolor. Shenia se había acercado y sus lágrimas le humedecieron sus mejillas cuando se inclinó sobre él. Lo último que vio fueron los rostros desesperados de sus dos compañeros, pidiéndole con la mirada que no cerrara los ojos. 

Cuando abrió los ojos ya no tenía la misma sensación de pesadez, los músculos, atenazados, se quejaban al intentar moverlos. Se incorporó lentamente, pero un pinchazo de dolor le obligó a detenerse. Se encontraba en su cama, arropado por las sábanas blancas de lino y una manta grisácea y sobria, su cabeza había reposado sobre cuatro grandes almohadones de plumas. Las cortinas estaban corridas, impidiendo que los rayos del sol penetrasen en la habitación. Se quitó de encima la ropa de cama e hizo un gran esfuerzo por sentarse. Sus ojos observaron el vendaje de su costado, había sido cambiado recientemente y la sangre no lo había empapado todavía. Se levantó de la cama, sus piernas temblaron al intentar soportar su cuerpo y, por un momento, creyó que iban a ceder. Tras un  par de pasos, recobró la fuerza. Se acercó a una de las ventanas tapadas, descorrió la cortina y tuvo que taparse con el brazo cuando la intensa luz le incidió en el rostro. Se frotó con fuerza los ojos y parpadeó varias veces hasta acostumbrarse. A través del cristal observó el exterior, hacía un día espléndido y soleado, ni una nube se veía en el cielo, Debía hacer calor pues al tocar el vidrio lo sintió caliente.
-¿Glaiss?
El elfo se giró. La puerta de su aposento estaba abierta de par en par, en el umbral se hallaba Sylvie, con una bandeja de plata en las manos. Tenía los ojos muy abiertos, las mejillas sonrojadas al ver el trabajado torso del príncipe, y las manos temblorosas.
-Sylvie… -Murmuró el muchacho, apartando la mano del cristal y girándose hacia ella. Rápidamente, la chica dejó la bandeja sobre una cómoda y se lanzó a sus brazos. Le rodeó el cuello y se apretó contra su cuerpo. El elfo, a pesar del dolor, envolvió su cintura y apoyó la barbilla en su hombro izquierdo. Inspiró profundamente. El cabello rubio de la muchacha estaba impregnado de un suave olor a rosas frescas.
-Pensé que no volverías a despertar. –La voz le temblaba, como todo su cuerpo. Tenía los ojos cerrados con fuerza y evitaba llorar delante de él.- Estabas tan débil… yo… Creí que ibas a morir.
Le acarició la espalda con delicadeza. Se sentía tan bien teniendo su cuerpo entre sus brazos. Había deseado y fantaseado con aquella situación durante mucho tiempo, aunque querría que se diera en otras condiciones. Sin pensarlo, el príncipe separó el cuerpo de la muchacha. Sylvie alzó la mirada para fijarla en sus rojizos orbes. La herida del rostro fue la primera en sanar y ahora una gran cicatriz le cruzaba la parte derecha de éste, proporcionándole un aspecto más duro y salvaje, pero también más atractivo.
Glaiss tomó su cintura y la apretó contra él, mientras que con la mano libre le tomaba el mentón. Lentamente y sin que ella opusiera resistencia, fue acercando el rostro, con los ojos fijos en sus carnosos labios, hasta notar su cálido aliento sobre los suyos. Cerró los ojos y sus bocas se abrieron a la vez, ansiosas.
-¿Interrumpo algo?
La voz de Asch le hizo detenerse. Glaiss alzó la mirada y clavó los ojos en el rostro de su amigo. Esbozaba una ladina sonrisa mientras apoyaba todo el peso de su cuerpo sobre el marco de la puerta. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y el cabello recogido en una coleta baja. Sylvie apretó los ojos y soltó un suspiro, dio un paso atrás y se apartó del cuerpo del príncipe. Su rostro estaba totalmente sonrojado y evitaba mirar a cualquiera de los dos muchachos. Hizo una rápida reverencia y, con la cabeza gacha, salió de la habitación.
Glaiss frunció el ceño y siguió con la mirada a la chica hasta perderla de vista. Acto seguido se volvió hacia su amigo. Abrió la boca para replicar, cuando observó la expresión del rostro del humano. Asch ya no sonreía. Sus facciones estaban serias. Éste se acercó en silencio. Glaiss le miró confundido. Cuando éste estuvo cara a cara, antes de que el elfo dijera nada, le abrazó con fuerza.
-No vuelvas a hacer eso, ¿me oyes? O seré yo quien te mate.
Hablaba con rabia. El elfo se acordaba con la desesperación con la que le había gritado y el pánico en sus ojos. Esbozó una sonrisa y le devolvió el abrazo. La habitación se quedó en silencio mientras los dos amigos se reencontraban después de aquel angustioso momento, sin embargo, no todo había terminado.
El príncipe Drank había muerto en el combate, con ello su reino quedaba huérfano, según su última voluntad debía ser su hijo, no nato, quien heredara el trono. Pero, hasta que llegara a la edad adulta, ¿qué le depararía al reino de Blizternova? 

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