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R. J. DISTRICT TEN -P. 7-

La habitación se encontraba sumida en el más absoluto silencio, después de que Jonathan hubiera entrado y nos hubiéramos abrazado, ambos nos quedamos callados, pensativos, cada uno a un lado del largo sofá de piel en el que nos encontrábamos. El chico seguramente estuviera reflexionando sobre los acontecimiento, o incluso trazando un plan. Por mi parte, mantenía la cabeza despejada. Estaba demasiado ocupada contemplando la belleza que se observaba tras la gran ventana. Los característicos sonidos de nuestro distrito habían sido dejados atrás hacía varias horas, los mugidos habían desaparecido, el balar de las ovejas ya no eran audibles y los cencerros estaban silenciados. 
El paisaje se había vuelto monótono pero, por fin, los primeros campos de cultivo comenzaron a divisarse. El Distrito Once era uno de los distritos más pobres, junto al Doce y el Diez. Su industria es la agricultura, fundamentalmente, pero también creaban huertos, plantaban árboles frutales y realizaban cultivos de algodón. Sin embargo, mucho de lo que es sembrado seguramente fuera enviado al Capitolio y, al igual que en nuestro distrito, la seguridad para que se cumplan los envíos eran muy estricta. A medida que nos acercábamos, se podían observar las altas alambradas y las torres de vigilancia en dónde se encontraban los Agentes de la Paz.
De pronto, entramos en un enorme túnel y el paisaje fue sustituido por una pared de hormigón. 
-¿Cómo crees que serán? –Preguntó Jonathan. Giré el rostro hacia él y le miré. Tenía la vista fija en la mesa de cristal que había delante del sofá, en ella habían dejado una pequeña escultura.- Los demás tributos. –Me encogí de hombros.
-Como todos los años, los distritos ricos tendrán a fuertes y preparados representantes, los demás distritos… Como siempre, supongo.-Aparté la mirada de él y nos volvimos a quedar en silencio. Subí las piernas al sofá y las rodeé con los brazos, para apoyar la barbilla sobre las rodillas. Fue entonces cuando noté el brazo del chico sobre mis hombros. Le miré de reojo. Me frotaba la espalda, aunque aún su mirada evitaba la mía.
La puerta del vagón se abrió con un suave ruido, en el umbral se encontraba un hombre. Era alto, tenía unos brazos fuertes, típico en un hombre que procede del Distrito Diez, era bastante fornido en general. Tenía una barba mal recortada y el cabello negro echado hacia atrás, aunque algunos mechones le caían sobre el rostro. Tenía los ojos ligeramente rasgados y eran de color marrón oscuro, apenas se diferenciaba el iris de la pupila. Se acercó a nosotros con una sonrisa y los brazos abiertos.
-¡Mis chicos! –Era nuestro mentor. Jonathan se levantó para estrecharle la mano y tiró de mí para que hiciera lo mismo, aunque rehusaba de mantener contacto con un desconocido, acabé cediendo y estreché su mano.- ¿Queréis tomar algo? Estáis muy pálidos. –Ambos negamos y nos volvimos a sentar en el sillón.- Bien, me llamo Athan, seré vuestro mentor, amigo, confidente y os ayudaré en todo cuánto pueda. Decidme, ¿cómo os encontráis?
-Creo que aún no podemos ni creérnoslo, esto… ha sido un shock. Creo que ninguno se esperaba que saliéramos elegidos.
-Entiendo… Nadie está preparado mentalmente para esto, es imposible estarlo. ¿Cuál de los dos tenía más posibilidades de salir elegido? –Levanté la mano. El número de teselas que había pedido aquel año era muy superior a los anteriores.- Bueno, espero que fue por una buena razón. –Pasó la mirada de uno a otro, repetidas veces.- ¿Os conocíais de antes? –Aparté la mirada y observé la pared de hormigón que aún se veía a través de la ventana. 
-Sí, somos amigos. 
-Lo siento… -Susurró el mentor, mordiéndose el labio con fuerza.- Prometo que os ayudaré en todo lo que pueda, de verdad, pero debéis mentalizaros de lo que pasará en las próximas semanas. Sé que es difícil, pero sería mucho peor que no lo hicierais. 
Después de aquellas palabras, los tres nos quedamos en absoluto silencio justo cuando terminamos de cruzar el enorme túnel. Entonces, entramos en el Distrito Once. Me acerqué a la ventana y observé el paisaje. Jonathan se colocó a mi lado. Todo eran campos de cultivo, almacenes para el grano, etc. El vehículo redujo la velocidad para entrar en la estación de dicho distrito y allí se quedó quieto. 
Athan se incorporó y caminó hacia el final del vagón, donde había una gran televisión plana, algo totalmente desconocido para los chicos. La encendió y se cruzó de brazos. La pantalla rápidamente reflejó la imagen de la retransmisión de la Cosecha del Distrito Once, que estaba a punto de empezar. 
-Deberíais verlo, nunca viene mal conocer a los demás tributos antes de verles cara a cara. 
A pesar de que ninguno de los dos estábamos muy por la labor, nos unimos a él y los tres nos quedamos viendo la Cosecha. Ésta se realizaba exactamente igual que en nuestro distrito. Después de que aquel extraño presentador que sacó nuestros nombres de las urnas daba el mismo discurso y enseñaba el vídeo de todos los años, las cámaras apuntaban a la población. Había muchos niños, más que en nuestro distrito, y la piel de casi todo el mundo era oscura. Con todo el trabajo al aire libre, en los campos, era normal.
Por fin, se acabó la presentación y se prosiguió a sacar a los tributos. Como de costumbre, se dirigió a la urna de las chicas y sacó un papel. Volvió al micrófono y pronunció el nombre de Beet Faulkner. De entre el público salió lentamente una niña de unos catorce años de edad, delgada, de piel oscura y con el cabello negro recogido en una alta coleta. Después, pronunciaron el nombre del chico: Victor Tend. No debía de ser mucho mayor que la muchacha. Mis ojos estaban fijos en ella, eran tan pequeña, tan frágil, incluso se le escapaban algunas lágrimas. Se me encogió el corazón. ¿Cómo se suponía que iba a matar a alguien tan pequeño? Me aparté de la pantalla y volví al sofá.


Después de la Cosecha en el Distrito Once, el tren volvió a ponerse en marcha en dirección al siguiente distrito, el Doce. Tardaríamos varias horas, pues estaba bastante alejado. Así, cayó rápidamente la noche y nos preparamos para tomar la cena. Athan nos condujo dos vagones a la derecha, allí había una mesa de madera, con los platos de plata colocados en cada sitio y en el centro, bandejas de humeante comida. Mi estómago comenzó a rugir con fuerza al captar el olor. Jonathan y yo tomamos asiento uno frente al otro, mientras que Athan se sentó junto al chico. Éste comenzó a servirse comida de forma natural, incluso Jonathan se atrevió a servirse algo. Yo, sin embargo, pasaba la mirada por cada bandeja. La primera era una fuente de verduras a la plancha, calabaza, calabacín, berenjena… Además, iban acompañadas de una salsa de color beige que nunca había visto. En la siguiente bandeja había un enorme rollo de carne, partido a la mitad, para que se pudiera ver el interior de éste. Era como un pastel de carne. La tercera presentaba varias piernas de cordero asadas en su jugo, con pequeños tomates a su alrededor, pimientos y patatas también asadas. 
-Come. –Dijo Athan. Parpadeé varias veces y alcé la vista hacia mi mentor.- Te vendrá bien, tienes que ganar algo de peso, estás en los huesos. –Partió un trozo de cordero y se lo metió en la boca. Decidí hacerle caso, era cierto que estaba demasiado delgada, así que me serví un trozo de pastel, varias verduras y algo de salsa. 
Tras la suculenta cena, en la que repetí tres veces, el mentor nos condujo a nuestras respectivas habitaciones, que estaban en el vagón siguiente al comedor. Una vez entré en el correspondiente, el cual estaba amueblado con una enorme cama de sábanas oscuras y suaves, un armario seguramente lleno de ropa y una mesilla de noche debajo de una enorme ventana, me acerqué a la cama y cogí el camisón que habían dejado encima. Me quité la vieja ropa y la guardé con cuidado, para después ponerme la prenda. Era blanco, ligero y me quedaba bastante bien, algo corto. Me subí a la cama y me metí bajo las sábanas. El colchón era muy cómodo, el tacto de las mantas, suave y la almohada se hundía ligeramente bajo el peso de mi cabeza. Me mantuve despierta durante unos minutos, extrañaba la cama, el cuarto, todo, pero el cansancio hizo la suficiente mella en mí como para quedarme dormida sin que me diera cuenta.
Abrí los ojos de repente, estaba sobresaltada y confusa, pero con un par de vistazos a la habitación supe dónde me encontraba. Me incorporé y me pasé la mano por la frente, secándome el sudor. Estaba acalorada y hambrienta. ¿Acaso había dormido más de la cuenta?
Después de vestirme con una ropa normal, salí de la habitación con la mano en la tripa y caminé hacia el vagón comedor. La puerta se abrió al sentir mi presencia, me quedé en el umbral y miré a Jonathan y Athan, estaban sentados en el sillón, hablando entre ellos. Parecía que se estaban haciendo amigos. El mentor levantó la cabeza y fijó sus ojos en mí mientras esbozaba una sonrisa.
-¡Por fin has despertado! Temíamos que hubieras dejado de respirar. –Bromeó. Me fui acercándome, acariciándome la nuca. Tenía el pelo rizado y enmarañado.
-¿Qué hora es? 
-Están a punto de traernos la comida. –Tomé asiento junto a Jonathan mientras me frotaba los ojos.
-¿Por qué he dormido tanto? Me podríais haber despertado a la hora del desayuno.
-Creí que debías descansar –Dijo con suavidad Jonathan mientras me dedicaba una sonrisa de amabilidad. Le devolví la sonrisa como agradecimiento y los ambos volvieron a la conversación anterior. Hablaban sobre los tributos elegidos en los distritos anteriores, sobretodo se centraban en los profesionales, esos chicos y chicas que se entrenaban toda su vida para salir voluntarios en la Cosecha y demostrar sus habilidades en la Arena. Nunca llegaré a entender en qué cabeza cuerda cabe que matar a 23 personas sea una heroicidad. Minutos más tarde, nos trajeron la comida y todos mantuvimos la vista en el plato, ingiriendo la comida sin dirigir una palabra al resto de la mesa. 


Un par de días más tarde, tras la Cosecha del Distrito 12 y el viaje de retorno hacia el Capitolio, los edificios de la gran capital ya se podían ver a través de la ventana. Jonathan y yo nos quedamos absortos con la majestuosidad de aquella ciudad. El tren entró rápidamente en la ciudad, recorriendo la vía en dirección a la estación. A medida que el transporte aminoraba la velocidad, la gente se aglomeraba en las calles para recibir a los tributos antes de verlos en el Desfile. Agitaban sus brazos y proferían gritos. Se les veía ilusionados. Me aparté asqueada de la ventana. Athan me cogió de los hombros y me hizo mirarle.
-Los Juegos del Hambre no empezarán dentro de unas semanas, ya han empezado. Nunca olvides que debes gustar a la gente, si les agrada lo que ven, tendrás la oportunidad de tener más patrocinadores una vez estés en la Arena. –Esbozó una sonrisa.- Estoy seguro de que detrás de esos labios fruncidos hay una preciosa sonrisa. –Me acarició la cabeza de manera cariñosa.- Deja que el mundo la vea. –El tren se paró entraron Agentes de la Paz para escoltarnos.- Hora de irse, ¡nos vemos dentro! –Athan salió del vagón y los Agentes esperaron a que nosotros hiciéramos lo mismo. Jonathan pasó por mi lado, sonriéndome.
-A mí me gusta tu sonrisa. –Susurró antes de salir. Esbocé una pequeña sonrisa y salí detrás de él.
A pesar de mis protestas, un par de Agentes de la Paz me separaron de Jonathan y me condujeron por un pasillo, en dirección a una sala. Ésta era de un tamaño medio, blanca, donde no había más que una camilla. Las paredes eran cortinas que separaban mi estancia de la de los demás tributos. Esperé sentada sobre ella durante unos minutos hasta que la puerta se abrió y entraron tres extrañas personas. Dos de ellos hombres, llevaban el cabello mal cortado y de colores chillones, la piel excesivamente bronceada, y unas ropas extravagantes, de la misma forma pero de colores distintos. Debían ser gemelos. Llevaban varias máquinas que dejaron a mi lado, todas desconocidas para mí. Me depilaron las piernas, las axilas, el bigote y las cejas. Me lavaron con agua caliente, me frotaron toda la piel y me dieron cremas de distintos colores por todo el cuerpo. También me cortaron, y limaron, las uñas. Trataron de desenmarañar mi pelo hasta dejarlo con unas ligeras ondas y me enfundaron en un vestido de tela blanca, ancho y abierto por la espalda. 
Fue entonces cuando me llevaron a otra sala, dónde me recibió una esbelta mujer de cabello blanco, con los ojos azules, la piel brillante y vestida con un atuendo corto, de color amarillo y unos tacones que me parecería imposible llevar. 
-Hola, querida. –Dijo cuando entré. Se acercó y me dio dos besos.- Me llamo Marcie y seré tu diseñadora. Estoy encantada de trabajar contigo. Ven. Siéntate. Te traerán tu vestido en seguida. –Me llevó a la camilla y me senté sobre ella.
-¿Por qué tantas molestias? –Pregunté en voz baja, tímida.
-Querida, el Capitolio espera veros, os observará y apostará por el más atractivo. –Me cogió del mentón y me hizo mirarla directamente a los ojos.- El más deseable suele tener más patrocinadores y éstos te serán de ayuda allí dónde vas. –Llamaron a la puerta. Se despegó de mí y recogió la prenda que traían. Después, cerró la puerta y comenzó a prepararme. 
Después de unos minutos, estaba totalmente vestida. Marcie me acercó un vestido de pie y se quedó observando su obra. Recorrí todo mi cuerpo con la mirada. Nunca me había visto tan… guapa. Vestía un mono palabra de honor de color marrón, ajustado a la cintura con un cinturón de cuero más oscuro con una hebilla plateada. Me había calzado unas botas altas, también de cuero, con el estampado típico blanco y negro. Sobre los hombros desnudos me había colocado una larga y pesada capa, la parte de arriba de ésta tenía el mismo dibujo que las botas, sólo que a medida que bajaba, la tela se volvía del marrón del mono. La piel desnuda de mis brazos y allí dónde era visible tenía un ligero brillo, por la purpurina esparcida. 
-Estás… deslumbrante. Tenía pensado colocarte una cinta en el pelo, pero con esos cabellos tan voluminosos y rizados sería un delito. –Me cogió del mentón y observó el maquillaje. No estaba recargado. Unas sombras beige y marrón claro en los párpados, colorete ligeramente oscuro bajo los pómulos para realzar la expresión y unos labios de un color natural.- Preciosa. –Esbozó una sonrisa.- Es la hora. Tenemos que hacer que el mundo te vea. 
Salimos de la sala y nos reunimos con los demás tributos en un enorme espacio. Cada pareja de tributos esperaba junto al carro asignado mientras sus estilistas daban los últimos toques. Jonathan ya esperaba junto al nuestro, vestido de la misma forma que yo, pero sin rastro de la purpurina o el maquillaje. Su estilista le estaba dando los últimos toques a su cabello cuando llegamos nosotras y se apartó. El chico abrió los ojos y los clavó en mí. Sus mejillas se enrojecieron ligeramente y parpadeó varias veces antes de abrir la boca para hablar.
-Estás… -Carraspeó y esbozó una sonrisa.- increíble. 
-Gracias. Tú tampoco estás nada mal. 
-¡Venga chicos! A los carros. –Exclamó Marcie.
El estilista de Jonathan le ayudó a subir con la capa, después se giró y me brindó su mano para que subiera a su lado. Le agarré y me quedé junto a él, mientras Marcie nos colocaba las capas para que quedaran perfectas vistas desde atrás. 
-Recordad que tenéis que sonreír, dar una buena primera impresión, ¿entendido? –Asentimos. 
Los carros de los primeros distritos comenzaron a moverse, todos iban saliendo en orden. El carro anterior, el distrito nueve, salió al Desfile y nosotros le seguidos medio minuto después. Pudimos oír entonces el griterío de la gente, aclamando a los tributos que iban viendo. La gente se acumulaba en las gradas y señalaban a sus preferidos. Mis ojos iban de un lado a otro, observándolo todo. Odiaba ser el centro de atención y saber que miles de personas me veían como una atracción me hacía sentir incómoda. Comencé a morderme el labio inferior, levantando las pieles que los estilistas habían tratado de reparar, cuando sentí la mano de Jonathan sobre la mía, cubriéndola en un gesto reconfortante. Me giré hacia él. Sonreía, claro. 
-Relájate, estamos juntos en esto. 
Asentí. El carro avanzaba lentamente. Traté de mentalizarme, tenía que ser amable, alegre, darles una buena impresión de mí. Esto era un espectáculo, les gusta la gente carismática. Así que respiré hondo y sonreí mientras saludaba con la mano derecha. El largo pasillo llegaba hasta una plazoleta, delante de una enorme mansión, en dónde los carros iban parando. Allí, en lo alto, se encontraba el Presidente Snow, quién se acercaba al estrado para dar el discurso mientras el himno de Panem se silenciaba. 
Alcé la vista y le miré. Siempre había odiado a ese hombre y siempre lo haría, pero verlo tan de cerca, y no a través de una pantalla, hacía que se me encogiera el corazón. Cada vez que posaba los ojos en él, un escalofrío recorría mi cuerpo. ¿Cómo podía darme tanto pavor un hombre? Sabía que él era el responsable de la muerte de miles de personas, de las malas condiciones de vida de los distritos pobres, de la represión… Él era el mal de este mundo. Apreté con fuerza la mano de Jonathan y respiré con fuerza, mientras sentía como me devolvía el apretón. 


Después del Desfile, de que nos quitaran los pesados trajes y nos lavaran para quitar el maquillaje, Athan nos recogió para llevarnos al Centro de Entrenamiento, dónde residiríamos en un apartamento. El nuestro estaba en el décimo piso, eran grande, lujoso y luminoso. La decoración era moderna y cara. Los avox, como siempre silenciosos, nos habían servido la cena y preparado los cuartos para pasar la primera noche. Sin embargo, no podía dormir, estaba inquieta, nerviosa. Me salí de la cama, del cuarto y recorrí el apartamento varias veces sin saber qué hacer para conciliar el sueño. Decidí, entonces, explorar un poco el Centro, encontrar algún lugar que pudiera servirme de refugio. Salí del apartamento y me dirigí a las escaleras, pues utilizar el ascensor sería demasiado llamativo, y subí por ellas hasta la azotea. Abrí la puerta y coloqué un trozo de ladrillo para que no se cerrara. Me acerqué a la cornisa y contemplé la vista que ante mí se extendía. Los edificios iluminados, los focos de los grandes complejos, las estrellas en el firmamento. A pesar de que el Capitolio me disgustara, aquella vista era lo más hermoso que había visto nunca. Me senté al borde y dejé colgando las piernas, mientras mi mente se perdía entre las estrellas.
-Incluso aquí, te encuentro en los rincones más insospechados. –Me giré bruscamente, sobresaltada al oír la voz. Una mano fuerte me agarró del brazo y me quitó de la cornisa. Me giré hacia el recién llegado.
-Azir… -Susurré.
-¿Acaso te quieres meter en más líos? Pequeña, atraes los problemas. –Sonrió.
-No podía dormir… -Aparté la vista y volví a mirar al cielo. Me abracé a mí misma pues la fría brisa me hacía tiritar.
-A veces también subo aquí a contemplar el cielo, es lo que más me gusta de esta ciudad. Es lo único bueno que tiene. –Le miré de reojo. Él también contemplaba el cielo.
-¿No te gusta estar aquí? –Él negó.
-Me gustaría vivir en un distrito, esta ciudad está llena de vicios, de mala gente, de… ignorantes. No saben lo que se sufre en el extrarradio. Viven en una burbuja. –Agachó la cabeza y soltó un suspiro.- Siento… no poder haber impedido que te flagelaran. Fue una bestialidad. 
-Tú no tienes la culpa.
-La suerte no está de tu parte, me parece. 
-Ciertamente… salir elegida no me habría importado. ¿Qué tengo en casa que de verdad me importe? –Solté un suspiro.
-Lo que de verdad te importa está aquí contigo. Lo siento. –Me miró y apoyó una mano en mi hombro.- En el Diez vi cuán unidos estabais. El día de tu castigo, tuvieron que retenerle. No paraba de gritar tu nombre. Se me encogió el corazón. –Apretó la mano y se metió la otra en el bolsillo.- Quiero que sepas, que aunque no pueda parar todo esto, tengo cierta influencia y trataré de ayudarte en lo que pueda. –Me cogió la mano y dejó en ella una pequeña llave. Esbozó una sonrisa y asintió.- Podrás subir cuándo quieras, cierra cuando estés aquí. Así no te pillarán.
-Gracias.
Azir volvió a sonreír, se apartó y se dirigió hacia la puerta.
-Espera. –Se quedó quieto en el umbral.- Intenta salvarlo. Sólo a él. 
Y desapareció en la oscuridad del edificio.

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