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Y.U.R.G.S. -Epílogo-

Dos años después.
Los pasos resonaban en todo aquel desierto pasillo como si una legión de soldados estuviera dentro del castillo. La luna se alzaba en el cielo, resplandeciendo y brindando una fría luz a todo el reino. Hacía buena temperatura en el exterior, pues se acercaba el verano, a pesar de que un molesto viento se había levantado desde el anochecer y había arremetido contra la piedra del castillo. Se oyó un grito. De nuevo comenzaron los pasos nerviosos, recorriendo el pasillo mientas el silbido del aire trataba de amortiguar aquel sonido. Aquella persona estaba alterada, movía las manos continuamente y murmuraba cosas inteligibles por lo bajo, como hablando un idioma extraño para sí misma. Cinco segundos más tarde, se volvió a quedar parada frente a las puertas dobles de madera que estaban flanqueadas por dos grandes antorchas de piedra. El nerviosismo le hacía sudar más que el calor que desprendía el propio fuego. Un segundo alarido de dolor llegó hasta sus oídos.

R. J. DISTRICT TEN. -P. 6-

Irremediablemente, el día de la Cosecha había llegado. Lo supe nada más abrir los ojos. Era pronto, apenas había amanecido, pero unos débiles rayos de luz entraban a través de mi ventana. Me quité las sábanas de encima y me quedé sentada sobre el colchón. Me acordaba de parte del día anterior, Jonathan había sacrificado tiempo con su familia por estar a mi lado en un momento de necesidad. Aquel gesto se lo había agradecido enormemente, nunca nadie me había apoyado como él lo había hecho. Supongo que era lo normal entre amigos.
Salí de la cama y de la habitación, dirigiéndome al baño para encerrarme dentro y preparar un barreño con agua para quitar la suciedad del cuerpo. Una vez que el agua estaba lo suficientemente tibia, entré y comencé el baño.
Después de limpiar cada centímetro, me quedé quieta, de pie en medio del baño, mojando el suelo con las gotas que caían por mi cuerpo. Mis manos acariciaban las cicatrices de mi espalda. Mi mente, retorcida, recordaba el dolor sufrido aquel día, la sensación de desgarre, de desangre... Cerré los ojos con fuerza y respiré hondo varias veces. Debería plantearme seriamente olvidar aquella situación.
Salí del baño y volví a la habitación, abrí el baúl de madera y saqué de él un viejo vestido, era de mi madre, de color lila muy claro. Me llegaba hasta la rodilla, tenía botones a lo largo del pecho hasta el cuello y una manga estrecha que llegaba a la mitad del antebrazo. Además, como complemento, se ataba un pequeño lazo a la cintura para ajustarlo a la silueta de su portadora. Tras hacer el lazo a la espalda, me senté en la cama y me puse unos viejos zapatos, también de mi madre, que había encontrado al fondo del baúl. Eran planos y se cerraban en el empeine con un botón. Acto seguido, agarré el peine que había traído del baño y me cepillé el pelo, tratando de quitar todos y cada uno de los nudos que tenía. Una vez hecho, lo recogí en una coleta alta y dejé sueltos un par de mechones, que cayeron sobre mi rostro.

Cuando ya estuve lista y mentalizada, bajé las escaleras. Allí, en la cocina, esperaba mi padre, vestido con un viejo traje. Sin cruzar palabra, salimos de la casa y nos dirigimos hacia la plaza del distrito, delante del Ayuntamiento. Se podía notar en el ambiente que hoy no era el día más alegre, las caras de aquellos que se cruzaban con nosotros imitaban perfectamente mi expresión. La preocupación era el sentimiento más generalizado. Nadie quería salir elegido, era obvio, sólo los locos de los distritos ricos se mataban por ir a los Juegos, para nosotros, los distritos bajos, era una sentencia de muerte.
Como todos los años, la plaza había sido condicionada para el evento, una gran parte de ella se reservaba para los participantes, la cual estaba rodeada por una hilera de Agentes de la Paz que vigilaban cualquier acción sospechosa. Detrás de esta zona se encontraban los funcionarios que registraban a cada niño y adolescente entre 12 y 17 años que debía participar, mientras que los padres y el resto de familiares se colocaba atrás del todo y seguían la Cosecha por las grandes pantallas que habían sido colocadas y que ahora proyectaban el escudo del Capitolio.
Después de recibir el pinchazo y ser registrada en las listas, me dirigí a la parte correspondiente para las chicas de mi edad y me coloqué junto a una muchacha más alta que yo, con las mejillas enrojecidas y las manos temblorosas. Se la veía realmente nerviosa. Aparté la mirada de ella y la dirigí al suelo.
Una vez que todos estuvieron colocados en sus puestos, las pantallas se encendieron y reprodujeron aquel maldito y repetitivo vídeo sobre el por qué de los Juegos y la gloria de los ganadores. Las mismas imágenes de todos los años que recordaban la crueldad del Capitolio escondida tras una falsa amabilidad al concedernos la oportunidad de luchar por nuestro distrito. Más bien morir por él.
Fue entonces cuando llegó el momento de la verdad, el momento de sacar a los representantes en los Juegos del Distrito Diez. Tragué saliva y cerré los ojos con fuerza, apretando los puños. Mi mente repetía una y otra vez que no iba a tener tan mala suerte, que dejara de preocuparme pero algo en mí sabía que aquel papel, aquel maldito papel iba a mandarme a la tumba.
-Las damas primero. -Se oyó decir al presentador, un hombre bastante extraño. El silencio era sepulcral. Mis oídos sólo percibían el latir de mi corazón: nervioso, frenético... Los segundos parecían horas. ¿Por qué no lo decía ya? ¿Por qué alargaban tanto aquel martirio? Todo ocurría a cámara lenta, incluso sentía cómo mi respiración abandonaba lentamente los pulmones al ser expulsada por la boca, en un intento de tranquilizar a mi agitado pecho. Y fue entonces cuando se oyó a través de todos los altavoces:


El silencio lo inundó todo. Nadie se había movido, pero ¿por qué hacerlo? Nadie era Rebecca Jawahal, nadie... excepto yo. Cuando repitieron mi nombre varias veces a través del micrófono comencé a reaccionar, alcé primero la cabeza, abriendo los ojos para asegurarme de que no me lo había imaginado. Fue entonces cuando los murmullos aparecieron, seguidos de fugaces miradas y suspiros de alivio por parte de otras chicas. Di el primer paso hacia el pasillo central que separaba a los chicos de las chicas. Avanzaba a trompicones, tratando de aguantar las ganas de vomitar que me asaltaron de repente. Intentando controlar la respiración, subí las escaleras y agarré la mano del presentador, que me esperaba al final de éstas con una sonrisa. Me llevó hacia el centro y me cogió de los hombros para enserñarme a todos los presentes. Debió de hacerme también algunos cumplidos pero el pitido de mis oídos era tan ensordecedor que amortiguaba el sonido del exterior.
Fue entonces, el turno de los chicos. Rápidamente, mi cabeza se despejó. No era momento de venirme abajo. Mis ojos buscaban frenéticamente a las únicas dos personas que de verdad me importaban. Primero, encontré los ojos de Jonathan, estaban fijos en mí, tenía el ceño fruncido y la preocupación era visible en su expresión. Después, fijé la vista en aquellos ojos verdes que tanto me gustaban, aquella mirada intensa, pero esta vez, él no me miraba. Ethan tenía la cabeza agachada y decía palabras que desde la distancia no podría entender. Estaría rezando para no salir elegido, como todo el mundo. Mis ojos se mantuvieron fijos en él, tenía la esperanza de que no saliera elegido y de que alzara el rostro para poder contemplarle una última vez pero no fue así. Entonces, el presentador pronunció el nombre de aquel desafortunado chico que tendría el deshonor de acompañarme a la Arena.


Dejé escapar un susurro, un débil "no". Volví la vista hacia él, ya no me miraba, sino que avanzaba con la vista fija en el suelo. Subía por la escalera y el presentador también lo recibió de la misma manera. Yo no pude quitarle los ojos de encima. ¿Por qué él? ¿Por qué? ¿Acaso el destino me odiaba? ¿No era bastante con ir a la Arena que tenía que pelear contra mi único amigo? Debía de ser una broma, no podía ser cierto. Quería llorar, salir corriendo y perderme, como siempre hacía. Apreté los puños con fuerza y contuve la respiración.
Jonathan alzó la vista, primero contempló al público, supuse que estaría mirando a su familia. Su madre estaría llorando, su padre la consolaría entre sus brazos y sus hermanas pequeñas se abrazarían a su hermana mayor, quién trataría de ser fuerte por ellas. Toda una familia unida, ahora destrozada. ¿Y mi padre? ¿Tendría miedo por mí? ¿Acaso su corazón podría sentir algo de afecto por su propia hija? Lo dudaba, pero le busqué rápidamente con la mirada antes de que los Agentes se acercaran a nosotros y nos condujeran al interior del Ayuntamiento.
Una vez que las grandes puertas se cerraron a nuestras espaldas, nos metieron a cada uno en una habitación distinta. Tendríamos diez minutos para despedirnos de nuestros familiares, así que me senté en uno de los sillones a esperar. Mi cuerpo y mi mente seguían en shock, no podía creerme que hubiera salido elegida y... no podía creerme que mi compañero, mi inminente enemigo fuera Jonathan. Cerré los ojos y me tapé el rostro con las manos.
Los minutos pasaban y la puerta seguía cerrada. ¿Iba a entrar alguien? No. Ni siquiera Ethan. ¿Cómo había sido tan estúpida de creer que de verdad le iba a importar a alguien de aquella forma? Idiota e inocente niñata. Hacerme ilusiones de aquella manera tan tonta...
Las bisagras de la puerta chirriaron cuando alguien la abrió despacio. Fui apartando las manos lentamente, limpiándome los ojos a medida que lo hacía, como si hubiera derramado lágrima alguna. Alcé la vista y allí estaba Jacobo. Me levanté del asiento y caminé hacia él. Sus ojos estaban ligeramente enrojecidos, se habría despedido de Jonathan antes de entrar en la sala. Tragué saliva y hablé en voz baja.
-¿Cómo está?
-Bien, bien... Lydia aún no puede ni creerselo, pero debemos aceptarlo. Además, es un chico fuerte. -Las manos le temblaban. Yo le había conocido como un hombre seguro y alegre, verle de aquella forma me partía el corazón. Parpadeé un par de veces, sentía cómo las lágrimas me ardían en los ojos.- ¿Y...y tú? Él está preocupado por ti.
No aguanté más. Jacobo se acercó y me envolvió en un fuerte abrazo mientras me acariciaba la cabeza. Las palabras se ahogaron en mi garganta cuando intenté responderle, sólo las lágrimas fluían y recorrían mis mejillas. Ambos nos quedamos en absoluto silencio. Los dos sabíamos que aquella amistad que forjamos su hijo y yo en tan poco tiempo iba a desaparecer igual de rápido. Dentro de unas semanas lucharíamos entre nosotros por salvar la vida, por volver a casa. Sin embargo, mi corazón sabía que era la última vez que iba a pisar aquel suelo y a ver a aquel hombre. Sólo uno volvería a casa y no iba a ser yo.
Dos Agentes de la Paz irrumpieron en la habitación y me separaron de Jacobo, le miré, sin dejar de llorar y traté de soltarme de aquellos dos hombres.
-¡Lo traeré de vuelta! -Grité, descontrolada.- ¡Volverá! ¡Lo prometo!
Rápidamente, me sacaron del edificio y me metieron en la parte de atrás de un coche. El trayecto hasta el tren de alta velocidad que me llevaría al Capitolio fue corto, ni siquiera tuve tiempo de admirar el gran vehículo de metal que todos los años veía a través de la pantalla. De manera brusca, entré en el vagón y la puerta se cerró detrás de mí, pasé al interior, arrastrando los pies y dirigiendo tristes miradas hacia todo lo que me rodeaba. Demasiado lujoso para mí. Me acerqué a un sofá, éste era de color gris metalizado, de piel y muy largo, detrás de éste, en lugar de pared, había unos grandes ventanales que daban al exterior. Me senté y contemplé el paisaje; el bosque. Maldigo el momento en que no me fui de allí.
Aunque estaba sumida en la belleza que dejaba atrás, pues el tren se puso en marcha, directo al Distrito Once, la puerta del vagón se abrió. Poco a poco me fui girando para saber quién había entrado cuando vi a Jonathan parado, con sus ojos fijos en los míos. Abrí la boca para hablar, pero él fue más rápido. Cruzó la distancia entre ambos y me abrazó, hundiendo la cabeza en mi pelo.
-Saldremos de esta... te lo prometo. -Susurraba contra mi oído.
Era cierto, íbamos a salir de aquella situación costase lo que costase, sin embargo, tomaríamos un camino distinto. Aquel era mi viaje sin retorno, no el suyo.

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