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Y.U.R.G.S. -Epílogo-

Dos años después.
Los pasos resonaban en todo aquel desierto pasillo como si una legión de soldados estuviera dentro del castillo. La luna se alzaba en el cielo, resplandeciendo y brindando una fría luz a todo el reino. Hacía buena temperatura en el exterior, pues se acercaba el verano, a pesar de que un molesto viento se había levantado desde el anochecer y había arremetido contra la piedra del castillo. Se oyó un grito. De nuevo comenzaron los pasos nerviosos, recorriendo el pasillo mientas el silbido del aire trataba de amortiguar aquel sonido. Aquella persona estaba alterada, movía las manos continuamente y murmuraba cosas inteligibles por lo bajo, como hablando un idioma extraño para sí misma. Cinco segundos más tarde, se volvió a quedar parada frente a las puertas dobles de madera que estaban flanqueadas por dos grandes antorchas de piedra. El nerviosismo le hacía sudar más que el calor que desprendía el propio fuego. Un segundo alarido de dolor llegó hasta sus oídos.

Los monstruos no existen.

La puerta de la habitación se abrió lentamente dejando pasar la luz que iluminaba levemente el pasillo. Ella estaba encogida en la cama, con las mantas pegadas a su tembloroso cuerpo, sabía quién había entrado. Un escalofrío recorrió su espalda. Rezó para aquello fuera una pesadilla. Todo se volvió más oscuro, la luz del pasillo se apagó. 
La Oscuridad era amiga de los monstruos y los monstruos la querían a ella. Su cabeza repetía una y otra vez: “No existen”. Se oyeron dos pasos. “Los monstruos no existen”. Unas uñas de metal rasparon sus piernas. El frío aliento erizó el vello de su nuca. “No, no existen”. Una fría garra aferró su frente y echó su cabeza hacia atrás. “Los monstruos no existen”. Una viscosa lengua recorría la curva de su cuello. Su corazón se oprimió, cerró los ojos con fuerza, y otra garra asió su cuerpo mientras la primera cubría sus ojos. 
Tembló. “Los monstruos no existen”. Las lágrimas recorrían sus mejillas. Reinó el silencio, contuvo la respiración. La Oscuridad se abalanzó sobre ella y susurró: “Los monstruos sí existen”.

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