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Y.U.R.G.S. -Epílogo-

Dos años después.
Los pasos resonaban en todo aquel desierto pasillo como si una legión de soldados estuviera dentro del castillo. La luna se alzaba en el cielo, resplandeciendo y brindando una fría luz a todo el reino. Hacía buena temperatura en el exterior, pues se acercaba el verano, a pesar de que un molesto viento se había levantado desde el anochecer y había arremetido contra la piedra del castillo. Se oyó un grito. De nuevo comenzaron los pasos nerviosos, recorriendo el pasillo mientas el silbido del aire trataba de amortiguar aquel sonido. Aquella persona estaba alterada, movía las manos continuamente y murmuraba cosas inteligibles por lo bajo, como hablando un idioma extraño para sí misma. Cinco segundos más tarde, se volvió a quedar parada frente a las puertas dobles de madera que estaban flanqueadas por dos grandes antorchas de piedra. El nerviosismo le hacía sudar más que el calor que desprendía el propio fuego. Un segundo alarido de dolor llegó hasta sus oídos.

Y.U.R.G.S. -P.3-

El jadeo de los caballos se ahogaba con el ruido de las herraduras en el suelo, todo quedaba en el aire y se lo llevaba el viento lejos de allí. Ambos jinetes cabalgaban a gran velocidad hacia las montañas, las cuales cruzarían para pasar la frontera hacia el reino de los Ogros, en completo silencio, concentrados en el camino que se abría ante ellos. A su alrededor se extendía un amplio bosque, sus árboles eran altos y de tronco grueso, sin embargo, a medida que los jinetes se acercaban a las montañas, se iban quedando sin hojas, las cuales se acumulaban en el suelo alrededor de ellos y que se elevaban en el aire al pasar los dos jinetes.
Un intenso olor a jazmín llegó hasta la nariz de Asch. El chico inspiró profundamente y en su cabeza comenzaron a aparecer recuerdos relacionados con dicho olor.
"Se vio a sí mismo de pequeño, jugando entre los jardines del gran palacio del rey Jarven, detrás suyo corría una pequeña niña enfundada en un vestido color crema y con su pequeña melena rosa recogida con un pasador llamada Shenia, la heredera del reino de Husmacia. Mientras ellos jugaban y se escondían, sus padres discutían sentados en un banco de piedra bien tallado. Hablaban sobre el matrimonio entre ambos hijos para reforzar la alianza, y Asch, que se había escondido en un arbusto, podía escuchar aquella conversación.
-Debemos concertar la boda, cuando mi hija cumpla la mayoría de edad, debe de estar todo listo para que el vuestro se declare y le ofrezca el anillo- Jarven entregó a Isgar una caja negra pequeña, la cual aceptó el otro rey, asintiendo- Debéis hablar con vuestro hijo para que sea consciente de ello.

-Que no te quepa duda de que se lo entregaré y le haré saber sobre su matrimonio, un buen rey debe ser también un buen esposo.
-Tienes toda la razón viejo amigo.
-Los años pasan rápido, pronto reforzaremos nuestra alianza y los reinos de Husmacia y Guniver se unirán bajo las nupcias de nuestro hijos.
Ambos reyes se dieron un abrazo, se levantaron juntos y se metieron al interior del castillo, charlando alegremente, contentos por acuerdo.
Shenia apareció por sorpresa en donde estaba Asch, asustando al niño.
-¡Te encontré! -La risa de la niña se oyó en todo el jardín y un cariñoso abrazo le brindó, pero el muchacho, confuso por lo que había oído, la apartó de mala manera y se fue.
-No quiero jugar más-Shenia se quedó callada, mirando como se iba."
Este recuerdo poco a poco se fue difuminando y pasó a otro más cercano.
"En el catorce cumpleaños de la princesa se había hecho una gran celebración donde los dos herederos, Asch y Glaiss, habían acudido. El elfo se mostraba atento con la chica, caballeroso y amistoso; el humano en cambio estaba callado, distante y apenas le dirigía la palabra, su relación se había enfriado con el paso de los años. Shenia recibió muchos regalos y ofrendas de los demás reinos y pueblos, y ella los aceptó con sumo gusto, pues había sido educada estrictamente para tener unos modales impolutos. A pesar de que sus padres ya le habían hecho un regalo, Asch había decidido darle el suyo propio. Aquella misma noche, la princesa encontró en su cómoda un pequeño frasco sin nota alguna, pero aquel regalo fue el mejor del mundo pues el perfume de jazmín, de un espécimen extraño, se convirtió en su más preciada posesión y cada año, Asch dejaba uno sobre su cómoda sin que ella se diese cuenta."
El peliazul apretó las riendas del caballo y tiró hacia atrás para pararlo, volviendo la vista hacia el bosque. Glaiss al verle, le imitó y se quedó a su lado, confuso.
-¿Asch? ¿Ocurre algo? -El humano se había quedado en completo silencio, su amigo le posó la mano en el hombro y este, por fin, reaccionó.
-Huele a jazmín, Glaiss, su jazmín.- Se apeó de la montura y agarró las riendas para atarlas en una rama de un árbol cercano. Puso la mano en el cinturón y caminó hacia dentro del bosque. El elfo le siguió de cerca, imitándole en todos los movimientos que hacía.
-¿Su jazmín? ¿Estás seguro? Por aquí debe haber una planta, es imposible que ella esté aquí... -Inmediatamente se quedó callado cuando el peliazul apartó las ramas de un arbusto y dejó ver a un caballo blanco, de crines rubias y bien cuidadas, el cual estaba ensillado bajo el escudo del reino de Husmacia y con la S junto a este. Ambos chicos se tensaron y se miraron el uno al otro, cruzando las miradas de preocupación. Asch sacó sus armas y puso los dedos en los gatillos, apartó el arbusto con el cuerpo y salió, acercándose al camino mientras Glaiss le seguía desenvainando la espada. Los chicos se acercaron al rocín y al no ver nada que pudiese darles una pista sobre el paradero de Shenia, se apartaron. Glaiss observó una senda medio escondida, se acercó hasta allí e hizo señales a Asch de que se acercase. Juntos, caminaron por ella en absoluto silencio y preparados para cualquier cosa, al llegar al final de esta vislumbraron la gran figura de un ogro con unos grandes colmillos inferiores que sobresalían de los labios junto a un hilillo de saliva verde que caía por la comisura de los labios. El pelo que le faltaba en la cabeza, ya que era calvo, lo tenía en el pecho desnudo, pues estaba cubierto solo por una especie de taparrabos. En sus grandes y callosas manos tenía una gran vara de madera la cual sacudía en el aire.
Los chicos se miraron y asintieron, preparando las armas y salieron de entre los arbustos, lanzándose en ataque contra él.
Escrito y publicado por: Gaia Lowey
Co-escrito por: Asch Redfield

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